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ienvenidos a Darkness Revival.Estais a punto de adentraros en Londres, año 1890, una época tan peligrosa como atrayente. La alta sociedad se mueve entre bailes oficiales, bodas, cabarets y fumaderos de opio. Las prostitutas y mendigos se ganan como pueden la vida, engañando, robando o estafando. Pero hay algo mucho mas oscuro en las calles de la ciudad del Támesis, más oscuro aún que el terrible Jack. Seres sobrenaturales como brujas, vampiros, metamorfos y malditos se esconden entre los miembros de la sociedad, temerosos de la sangrienta hermandad que les persigue: la Black Dagger Brotherhood. ¿Sobrevivirás? .


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The Tragedy of Hamlet —Mary Morstan.

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The Tragedy of Hamlet —Mary Morstan.

Mensaje por Roderich G. Lecter el Vie Sep 05, 2014 9:24 pm


The Tragedy of Hamlet


Mary Morstan — Royal Opera House


I see the bad moon arising.
I see trouble on the way.
I see earthquakes and lightnin'.
I see bad times today.

.
.
.
¿Qué más emocionante que estar deleitándose con un poco de artes escénicas y empalagarse con el palabrerío shakesperiano? El puntual reloj me plasmaba, aquellas manecillas moverse inquietamente hacía adelante como si estuviera consumiendo el tiempo. Imaginemos una vela, una en el que poco a poco su cera va derritiéndose sin prisas, absorta en la quietud, ¿no les recuerda a algo? ¡Sí!, ¡sí!, a la vida humana… Ésa vida tan efímera y cíclica. Nacemos, nos reproducimos y morimos, una y otra vez. Trágico, ¡y tan exquisita! Pero no he de irme de las ramas, precisamente espero la hora punto para poder finalmente, adentrarme a las salas y buscar un cómodo asiento para, pacíficamente, darme el lujo de disfrutar una de las obras más polémicas del dramaturgo William. ¡Oh Willam!, ¿en qué pensabas cuando escribías ésas líneas eufóricas y demenciales de Hamlet?

No mentiré, he visto la obra al menos unas tres veces, estoy excediendo el límite al ir por la cuarta vez.  ¿Demasiado?, ¿acaso una persona no se puede dar el placer de admirar en reiteradas ocasiones algo que calma la sed de admiración, por una magistral obra inglesa? Además, debo anunciar que conozco al actor que interpreta a Claudio. Arthur Jackson, aspirante a actor quién se expondría al público por primera vez y como alma caritativa, le he cumplido el capricho de verle. A los dos. Y no es que Arthur fuera un gran actor, aún sigue siendo una pequeña oruga que debía alimentarse hasta llegada la metamorfosis. Sólo espero que no se le ocurra realizar calamidades y manchar un personaje tan admirable como aquél bribón, quién, ha cometido el pecado de asesinar con fines ambiciosos y sucios. Y no. No se lo perdonaría.        

Paseé la vista hacía los pasillos, la función supondría comenzar a las seis en punto, y apenas faltaba una hora. ¿Qué hacer un hombre como yo en su espera?, ¿entretenerme con las damas chismosas que cotorrean entre sí animadamente, a espaldas de sus esposos?, ¿mantener una forzosa charla con intentos fallidos de caballeros? Ninguno llama mi atención, tan sólo, asquea mi paladar de una forma irritante. Mantener las apariencias, es un privilegio, es una actuación formidable que te hace participe de una obra mucho más realista, ¿y quién soy yo para degradar mi pasión por el arte y el gusto intachable por la deliciosa mentira?

Naturalmente, me movía de un lado a otro, bastante impaciente y receloso de mi propia ansiedad. Levantando la mirada hacía las puertas que daban dirección a la sala principal, mientras, la muchedumbre aún seguía ausente al ser demasiado temprano… Cómo si fuera la única persona demente en querer llegar primero, ¿tan poco interés tienen por querer reservar el mejor asiento? Cabellos bien peinados, hacía atrás; acicalado para seguir imponiendo una galante presencia y vistiendo formalmente con un traje que daba la exclusiva de ser nuevo, recién salido del sastre al ser usual en mí, llevar algo diferente cada día. Observé la arquitectura, recorriendo cada extremo como si fuera la primera vez: el mármol frío haciendo contrastes con un suelo alfombrado y oscuro, mientras que, unas interesantes figuras decoraban el recinto. Pero no bastaba para seguir entretenido… No me basta.
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Re: The Tragedy of Hamlet —Mary Morstan.

Mensaje por Mary Morstan el Lun Sep 15, 2014 8:27 am

La Ópera Real era un capricho que una institutriz como yo no puede permitirse, por mucho que, como yo lo hacía, amase el teatro y la literatura con la misma pasión que yo lo amaba. Las institutrices como yo debía conformarse con las interpretaciones más baratas que compañías mediocres regalaban a Londres con una frecuencia esporádica. Para las chicas como yo no había vestidos de seda, collares de perlas ni paseos en carruaje. No había palcos con sillas forradas de terciopelo granate ni anteojos para poder apreciar el más fino detalle de las expresiones de los artistas sobre las tablas.

Y pese a que guardaba en mi casa un tesoro capaz de comprar el edificio de la ópera si ese fuera mi capricho, había demasiadas razones para seguir con mi vida humilde y sin ostentaciones, para seguir siendo sólo una sencilla institutriz. En primer lugar, estaba la Hermandad y la tapadera que debía ocultar mi identidad. En segundo lugar, estaba la procedencia anónima de aquel tesoro. Todavía no estaba segura de que fuese mío como para gastarlo, y tampoco conocía las intenciones por las que me era entregado. Además, tampoco soy partícipe de una vida de lujos y notoriedad. Me siento segura en el refugio del anonimato.

Pero aquella tarde un hada madrina tuvo a bien hacerme un pequeño regalo. Las niñas a la que educaba eran niñas pequeñas que aún no habían florecido y a las que su puesta de largo aún les pillaba un poco lejos, pero una de esas niñas tenía una hermana mayor, una bonita y encantadora mocita de clase alta. Un buen partido que, como toda muchacha de bien, tenía un pretendiente formal que, en poco más de un año, posiblemente acabaría llevándola al altar.

El pretendiente la había invitado al teatro y, como era costumbre y uso social, no podían ir solos y necesitaban la compañía y vigilancia de una carabina, y allí es donde yo entraba en juego. La madre de la muchacha, y madre de la niña a la que yo educaba, me había pedido muchas veces que los acompañara en calidad de testigo de que la joven pareja cumplía con el buen hacer del amor cortés y a mi nunca me ha importado satisfacer el encargo. Ese día, además, se había convertido en todo un regalo.

Mientras la joven a la que hacía compañía vestía con un hermoso vestido de seda y encaje bordado, yo lucía un sencillo vestido azul, sin adornos de ningún tipo salvo una estrecha puntilla blanca rematando el cuello y la boca de las mangas. Pero ella era la que debía impresionar a su pretendiente haciendo ostentación de su belleza y yo, ser una sombra discreta junto a ellos, interfiriendo lo menos posible en su idílica tarde.

Los había dejado hablando con otros jóvenes de su edad a los que, al parecer, ya conocían. No veía necesidad alguna de permanecer a su lado coartando su comodidad mientras estuvieran en público y acompañados, por lo que me retiré discretamente paseando por el interior del edificio. Podía verles por el rabillo del ojo en el otro lado, charlando alegremente. Eran dos jóvenes muy formales y sabía que no había peligro de que buscaran un renuncio por mi parte para escapar de mi cuidado.

Pasee mirando al techo, más pendiente de las ornamentadas cúpulas y tallas que del lugar al que me llevaban mis pasos. El edificio era magnífico, imponente y soberbio, pero la mayoría ni siquiera dedicaría un minuto a levantar la vista mientras hubiera hermosas muchachas con corsés apretados y cinturas estrechas regalando caídas de ojos y risas veladas tras sus abanicos. Por suerte, yo no era una tierna mocita, y tampoco especialmente hermosa, como para que pretendientes moscones me impidieran disfrutar del arte a solas.
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Re: The Tragedy of Hamlet —Mary Morstan.

Mensaje por Roderich G. Lecter el Lun Sep 15, 2014 12:45 pm


The Tragedy of Hamlet


Mary Morstan — Royal Opera House

¿Qué te puedo decir?… El destino es muy incierto, y hasta a veces tiene una manía grande de someternos a pruebas insospechadas e inciertas, imperceptibles por el ojo humano al punto de hacernos parecer unos completos ilusos. Y no importa cuan estrecho es el camino, siempre habrá una piedrita, depende de nosotros el uso que le daremos. La forma en que moldearemos nuestra ruta larga y tan corta, como llena de obstáculos…

Casualmente, olí la fragancia de las flores de una maceta alta, eran éstas que me trasladaban a un jardín que supuestamente, en la Biblia, los humanos han sido expulsados. ¡Los jardines del edén! Y sí Eva no hubiera mordido la fruta, ¿qué hubiera sido del mundo en verdad? ¿Estaríamos siendo reyes de los cielos, disfrutando de nuestra ingenuidad, gozando de los placeres naturales y sin tener ninguna sospecha que aún andamos desnudos por ahí? Quién sabe, éstas preguntas son muy curiosas de formularse… ¿Será que alguien en el mundo, a parte de mí, se pregunte éstas extravagancias? Acaricié delicado algunos pétalos. Aflorando más de un sentido agudizado, palpando y fanatizándome demasiado debido a un gusto intenso hacia la naturaleza. ¿Es increíble verdad?, en como algunas flores son simplonas y otras, mucho más letales.  

Poco a poco las voces escandalosas me despertaban de un tranquilo y pacífico trance, volteando la vista para comenzar a reconocer a los posibles espectadores de la obra. Dejé atrás mi cautivante pasatiempo, uno que duró escasos segundos, he de confesar. Caminando entre la gentuza que no temían hablar de otras personas, ¿es que acaso no tienen temas más interesantes a tratar? No lo sé, ¿ciencia, cocina, arte, medicina o actualidad tal vez? Ah, el ser humano tan chismoso e inmundo con sus patéticas conversaciones banales, a veces daban ganas de coserle la boca y acallar un graznido de cuervo insoportable. No me complace mucho, las grandes multitudes, me ponen en un estado muy fácil de irritar pero sin bajar del todo la guardia, siendo aún un danzarín experimentado, en un mar espeso imposible de zambullirse.

No fue entonces, que admiré a una muchacha en silencio quién justamente, pasó por mis narices. Siguiéndola a sus espaldas tal acechador que ha localizado a una presa apetitosa y ahora tiene que ocultarse entre el follaje. Rubia y joven, estudiaba su cuerpo de mujer con cierta fascinación no con deseo, si no más bien con un curioso interés que estimulaba mi mente turbia. Una espalda aterciopelada, y una nuca vistosa que se le antojaba ser tierna. Hombros pequeños, una estatura normal y de clase trabajadora, a juzgar por sus prendas.

Relamí mis labios casi sin quererlo, manteniendo la distancia y la cercanía al mismo tiempo, casi se me urgía a tropezar adrede como una excusa barata, absurda y cómicacon la intención de que sus labios lancé una pregunta típica, un honesto: “¿Se encuentra bien?”, simplemente para analizar que clase de voz yace en su timbre femenino. ¿Qué?, ¿acaso un hombre no puede sentirse atraído por una gema que se oculta entre los escombros de una mina? Sólo hay que saber escarbar demasiado profundo. Porque sabemos que las joyas más fáciles de encontrar abundan y son, exactamente iguales a las demás, aburriendo el ojo de ver siempre lo mismo pese a contener una hermosura magnífica. Yo prefiero hallar una especie rara en extinción, de ésas criaturas exóticas que no promueven el interés general pero que mantiene un resplandor secreto que guarda consigo, sin querer compartirlo con nadie.

La mirada contraria, al parecer, se encontraba entretenida con la estructura del teatro. Sí mis conjeturas eran acertadas, podría decir sin problema que es una observadora nata o quizás, una admiradora del arte arquitectónico. Muy pocos le atraen la arquitectura, algo que provoca aún más intriga y despierta, la brillantez de un genio desequilibrado. ¿Iniciar una conversación y hacer que toda ésa gracia se pierda? No. Me mantendría al margen, siendo un silencioso admirador que entre sombras sigue a una obra andante.

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Re: The Tragedy of Hamlet —Mary Morstan.

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