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ienvenidos a Darkness Revival.Estais a punto de adentraros en Londres, año 1890, una época tan peligrosa como atrayente. La alta sociedad se mueve entre bailes oficiales, bodas, cabarets y fumaderos de opio. Las prostitutas y mendigos se ganan como pueden la vida, engañando, robando o estafando. Pero hay algo mucho mas oscuro en las calles de la ciudad del Támesis, más oscuro aún que el terrible Jack. Seres sobrenaturales como brujas, vampiros, metamorfos y malditos se esconden entre los miembros de la sociedad, temerosos de la sangrienta hermandad que les persigue: la Black Dagger Brotherhood. ¿Sobrevivirás? .


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Ahren von Kleist | Alfa de la Manada de Kesington

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Ahren von Kleist | Alfa de la Manada de Kesington

Mensaje por Ahren von Kleist el Jue Oct 01, 2015 4:39 pm



Ahren von Kleist
Seguirás la Doctrina o perecerás por el bien de la manada
LICÁNTROPOS
ALFA
40 años
HETEROSEXUAL
PB: Michael Fassbender

Descripción Psicológica

De moral férrea, principios claros y objetivos más aún, Ahren es un licántropo culto y radical en su pensamiento. Jamás permitirá que se le lleve la contraria de forma injustificada. Cuando alguien no le respeta exige explicaciones y las exige al instante. Jamás le verás aceptar una crítica de una persona que no le respeta, ni tampoco una crítica no constructiva. De hecho, su mal humor suele salir con facilidad cuando se da uno de esos casos. Es algo remarcable recordar que Ahren jamás se dirigirá a alguien que le ha tratado sin respeto o sin la educación que cree pertinente debido a su posición.

Orgulloso y desconfiado es una persona muy celosa de su intimidad pero, más que nada, es protector. Aquellos a quienes considera importantes para sí lo son todo y haría lo que fuese por ellos, sin embargo eso no implica que tenga en cuenta su opinión. Es una persona pragmática, que ve lo que ha de hacerse y lo hace, sin esperar al consejo o a la razón. Prefiere actuar rápido y directamente antes de que nadie lo haga. Confía en sus instintos más que en nada ni nadie, incluyendo a su hermano y a su hijo, personas por las que siente verdadera emoción.

Sin embargo, su pueblo es lo primero para él. Sería capaz de darlo todo por los licántropos, por su manada. En pos de conseguir lo que considera necesario sería capaz de morir, de sacrificarse, pues realmente tiene fe en lo que están construyendo. Pero no solo es cuestión de fe o de moral, si no de ambición. Se le arrebató todo cuando se convirtió en lo que es y, si bien no quiere dejar de serlo, exige una compensación. Exige aquello que le arrebataron. Va a recuperar su fortuna y su poder y, de hecho, lo va a aumentar.

Despótico y frío hasta el extremo, Ahren no respeta la insubordinación. De carácter violento no teme imponerse al resto por medio de la violencia. Su entrenamiento militar y su condición de licántropo le permiten hacerlo con asombrosa facilidad y esto, junto a su mente calculadora, pueden convertirle en un rival temible. Sin embargo es una persona que trata de controlarse en todo momento, cosa que rara vez pasa. Tanto su mal humor como su ambición pueden hacerle saltar con una facilidad sobrehumana.

Es, además, una persona incapaz de abandonar el pasado. Tiene pesadillas día tras día, en la que ve cómo acaba con la vida de su esposa una vez tras otra. Estas pesadillas le aterran y hacen que tema dormir. Por ello, es una persona que rara vez pasa mucho tiempo descansando y que prefiere obligarse a hacer cosas de manera sistemática.

Historia

Estoy aquí, frente a vosotros, contándoos mi vida como si realmente me importase lo más mínimo la opinión que tenéis sobre mí o sobre lo que voy a haceros… No. No os cuento esto porque quiera que lo entendáis. Vuestra comprensión me es plenamente indiferente. Vosotros me sois completamente indiferentes. No lo olvidéis. Si hago esto no es por querer aceptación, no. Lo hago para advertiros, humanos, de lo que está por venir. De lo que tendréis que enfrentar. Vuestra condición es inferior a la mía y por ende debéis ser suprimidos… Pero los de mi clase os necesitamos, al menos por ahora, así que os dejaremos vivir.

Mi nombre es Ahren von Kleist, y provengo de una de las más grandes familias de la nobleza Prusiana.  Tal es nuestro poder que el propio Emperador de Alemania teme por su vida cuando se encuentra frente a cualquiera de los miembros de mi familia. En aquel tiempo mi familia era rica y próspera. Nuestro apellido significaba tanto para la nobleza alemana que no se atrevían a estornudar en nuestra presencia, pues su aire era un insulto para nuestro nobilísimo linaje. Por supuesto, hace años que no pienso así. La guerra ha arrasado las tierras que antaño me pertenecieron y mi apellido es ahora tan solo una sombra de mi nombre. No. No me voy a afanar a las leyendas de mis antepasados. Yo soy yo mismo y no necesito nada ni nadie para definirme.

Me crie como noble, en una sociedad expansionista que estaba a punto de convertirse en miembro de la aristocracia de uno de los imperios más grandes e importantes de la historia. Como tal, mi vida fue dada al capricho, pero también a la disciplina y al ejercicio militar. La intelectualidad fue casi el más importante de los rasgos de mi educación, siendo estudiante en las más exigentes universidades de la época. Cuando cumpliese los veinticinco años tendría el título en Derecho y desde entonces podría comenzar mi carrera política. Mi apellido y mi dinero me abrirían las puertas que necesitaba. Además, estaba el hecho de mi matrimonio. Desposé a mi esposa Marie Von Bismarck cuando cumplí los veinte años. Aquel matrimonio, al principio de mera conveniencia, me abriría tantas puertas como lo haría mi propio nombre. No os confundáis, la amé desde el día que la conocí, si bien nuestro matrimonio fue meramente un hecho de conveniencia eso no significa que no pudiese enamorarme de ella. Y tuvimos hijos juntos, y nuestra familia creció alrededor de nuestro nombre, nuestro dinero, nuestra posición.

Tuvimos dos hijos y nuestro matrimonio se mantuvo feliz durante los primeros años, hasta que en cierto punto todo cambió. Aquella noche de otoño el viento arreciaba. Notaba mi rostro cuarteado por culpa del frío. Me había dejado barba aquel mismo verano, y pese a aquello la brisa se hincaba en mi piel como si fuese la más afilada de las espadas. Apenas veía más allá de mi nariz por culpa de la nevada. Era una nevada temprana, la primera del año, creo recordar, sin embargo, fue tan voraz como la sed de poder del emperador. No lo dudéis, recuerdo aquella noche como si hubiese sido ayer mismo. Todavía recuerdo aquella extraña presencia. Oía los pasos de alguien acercarse a mí, y sentía unos ojos clavados en mi nuca, pero cada vez que me giraba a mirar atrás no era capaz de encontrar a nadie. Lo achaqué al licor de hierbas que había ingerido celebrando el ascenso de mi suegro.

Mi esposa y mis hijos me esperaban en nuestro hogar desde hacía horas, y yo había dejado que la diligencia se quedase con ellos. No estábamos tan lejos como para no poder llegar andando. Uno no había recibido entrenamiento militar para nada. Sin embargo, mi entrenamiento de poco sirvió en aquella situación. La muerte acechaba en algún lugar, la luna brillaba golpeando con su mortecina luz mi cuerpo. Bañado en nieve y hielo, yo era incapaz de imaginarme lo que estaba a punto de acontecer.

Mi vida cambiaría definitivamente aquella noche.

Me encontraba a menos de dos cientos metros de la entrada de mi casa, de hecho, había pasado la cancela de los terrenos hacía ya varias decenas de metros. Veía las luces del salón, donde mi mujer me esperaba, como solía hacer cada vez que los hombres nos quedábamos celebrando hasta tarde alguno de nuestros asuntos. No pude evitar sonreír. Y cuando mi sonrisa estuvo completa, lo volví a oír. Un gruñido. Unos pasos. Me giré, y no vi nada. Me quedé quieto, oteando aquello que me rodeaba, y repentinamente, volví a oír el rugido de una bestia. Aquello fue lo último que oí.

Después sentí la presión de unos colmillos en mi brazo izquierdo, con el que me había cubierto el rostro. El dolor fue intenso, pero fue peor el calor. Como si ardiese desde dentro, todo me resultaba desgarrador, lacerante. Trataba de respirar y solo sentía fuego. Como si el mismísimo demonio se hubiese alojado en mis pulmones. No sentía nada más que sufrimiento. Si alguna vez tuve alma, sin duda alguna aquella noche dejó de existir. Aquella noche solo existía el dolor…

Pero no fui el único que sufrió. Apuñalé a aquel monstruo justo antes de caer totalmente inconsciente. Sentía dolor. Era lo único que sentía… E ira. También sentía ira. Sentía la pasión y la furia, pero todo desaparecía para dejar paso al vacío y al dolor. Casi no podía pensar. Al principio tan solo sentía ardor en el brazo, pero pronto ocupó todo mi cuerpo, empezando por los pulmones como ya he dicho. Llegó al cuello y a la garganta. Sentí que podría escupir fuego si así lo deseaba, pero estaba dormido, inconsciente o incluso muerto. Sí. Es posible que incluso muriese llegado cierto punto.

No sé cuánto tiempo estuve dormido. Solo sé que desperté en mi cama, la que compartía con mi esposa. Aún me dolía todo… menos el brazo. La herida del brazo ni si quiera la notaba. Estaba desnudo, pero me habían vendado. Todo olía a hierro y a sal, aunque también olía a humo y a madera de roble. En las cocinas estaban haciendo un estofado de carne, pero tenían bastantes verduras y hacía varios minutos que habían introducido la carne en el caldo. Eso me desagradó. Vino. También había vino.

Tardé varios minutos en darme cuenta de que mi olfato se había multiplicado por cien, quizás por mil. Lo olía absolutamente todo. Olía perfectamente el perfume de bajísima calidad de mi criada Johanna. Olía a flores, aunque estaban mezcladas de forma pésima. También olía a sangre, probablemente tuviese el periodo. Y olía a un hombre que olía limpio y a varios productos químicos. Quizás fuese el médico. Pero no podía oler a mi mujer, ni tampoco a mis hijos. ¿Dónde estaban? No era propio de Marie no velarme durante mi enfermedad. De hecho… pensé en lo peor durante un instante.

Aspiré para captar todos los olores. Sentí el olor de cada rincón de la hacienda, sentí hasta el olor del aliento del médico, pero no encontré rastro del olor de mi mujer. No del olor que debería desprender ella. La olí en las cortinas, en el armario, en el sofá y en mil lugares más. Pero no la olí a ella. Tragué saliva y sentí su sabor como nunca, pero no le di importancia. Volví a inspirar. Una. Dos. Tres veces.

Nada.

Me levanté de golpe. Ya no me dolía nada. Inspiré más fuerte aún. Todo olía a óxido. Sangre. Había sangre por todas partes. Corrí. Bajé las escaleras. Tropecé, pero no llegué a caerme. Me agarré a la barandilla. Crujió. Me quedé con un fragmento en la mano. Lo había arrancado con mis propias manos. No le di importancia. Llegué al salón y lo vi. Sangre. Más sangre de la que era capaz de oler, sin duda. Mis sentidos se saturaron. Notaba el sabor de esa sangre en mi boca. En mi lengua. En mi garganta. Me llevé los dedos a los labios y olí la sangre en mis propias manos. Las miré. No había nada. Me dio una arcada.

Recorrí con la mirada toda la estancia. El sofá estaba tan lleno de sangre que apenas se veía el color del terciopelo. El médico se encontraba de pie junto a mi criada Johana. En el suelo la sangre rebosaba, y justo en el centro había un bulto oculto bajo una sábana. Aquello olía peor que todo lo demás. Sentí cómo todos mis músculos se contraían. Mi corazón se paró. Sentí ira. Odio. Los hubiese matado allí mismo. Al instante. Sentí unas ganas más grandes que nunca de asesinarlos. Los odié tanto como me odiaba a mí mismo.

Pero no lo hice. No los maté. Dejé que me lo explicaran. Estúpidos. Estúpidos humanos. ¿Qué un lobo había entrado en mi casa? Claro que había entrado. Estaba dentro. Por supuesto. Era yo. Yo había hecho eso. Yo había matado a mi esposa. No había más explicación. Y ellos creyeron que yo lo había matado, con mis propias manos… Aunque eso sí que era verdad. Maté al hombre que me convirtió. Maté a mi mujer…

Hui de Alemania, aunque me llevé a mi hijo conmigo. A él no le había hecho daño. Quizás porque noté mi sangre en su cuerpo. Quizás solo tuvo suerte. Quizás, y solo quizás, no quise hacerle daño o sencillamente me controlé. Lo importante es que él sobrevivió. Lo importante es que pude abandonar aquel lugar de muerte y desolación. Que pude hacer una nueva vida… Sin mi amada Marie. Y sin nadie más que mi hijo… y mi hermano.

Quizás debería haberos hablado de él antes. Mi hermano fue quien me ayudó a controlarme en los años venideros. En realidad, él siempre me había ayudado. Mi hermano siempre había estado allí. Era el menor de los Von Kleist y, en realidad, el que debería haber heredado todo lo que yo alguna vez tuve. Mi hermano fue mi pilar no solo después de mi transformación, si no también antes. Sin él yo no sería quien soy. ¿Cómo podría negarle aquello?

Se lo conté, y no me juzgó… O si lo hizo, jamás me lo dijo. Incluso… Incluso me pidió que lo convirtiese. Por supuesto, no fue el primero. No me atreví a hacerlo. No la primera vez. ¿Y si no funcionaba? Analizamos cada elemento del día de mi transformación. Acabé con quince humanos antes de lograr la transformación. Y entonces, y solo entonces, pude convertir a mi hermano, igual que a mi hijo. Los convertí a ambos, y así formamos nuestra manada.

Reclamamos un territorio en Kensington. Decidimos que era lo más apropiado, pues necesitábamos humanos para reproducirnos, así como para vivir cuando no estábamos en forma lupina. Por supuesto, pronto aprendimos que, durante la luna llena, no podíamos controlar nuestros impulsos y por ello empleamos gran parte de nuestra fortuna, por no decir que toda, en la reforma de aquella casa que habíamos comprado. El sótano sería nuestra prisión particular. Allí, nos encerraríamos cada noche de luna llena, sin embargo, no existía la puerta de madera capaz de controlar nuestra fuerza, y por ende mandamos hacer una puerta enteramente de plata.

Aquella puerta evitaría que escapásemos y acabásemos con las vidas de aquellos de los que dependíamos. Aquella puerta sería nuestro símbolo. Teníamos un don, pero también era una maldición. No podíamos enfrentarnos a ella como podríamos enfrentarnos a todos nuestros defectos. Era superior a nuestras fuerzas. Si no podíamos erradicarla solo nos quedaría contenerla, y aquella era la única forma de hacerlo. Luchar contra nuestros instintos era imposible. Luchar contra nuestra naturaleza era impensable… Y, en realidad, no queríamos.

Cada vez que nos transformábamos sentíamos la ira, la fuerza, la naturaleza, correr por nuestras venas. El mundo era más intenso. Había más olores. Más sonidos. Más sabores. El mundo cambiaba por completo. No tenías que respetar estúpidas normas de etiqueta. No tenías que vestir como un… como un humano. Podías ser tú mismo. Podías ser exactamente lo que querías ser. Podías ser exactamente lo que eras. Y podías hacer daño. Ser un lobo significa ser poderoso. Poder real. La capacidad para acabar con una vida, con una amenaza… Y tan solo usando tu cuerpo. Eso es el poder.

Jamás había experimentado tal cosa. Jamás había sentido lo que sentí la primera vez que acabé con la vida de un ser humano de forma consciente. Posiblemente aquello fuese lo que sentía Dios cuando hacía que la muerte acabase con nosotros. Y, sin duda, morder a un humano y convertirlo durante la luna llena… Su rostro, sus gritos y, después, su pasión… Eso es ser Dios. Crear vida es bonito, sin embargo, es mejor dotarla de poder. Aquello es la verdadera sensación de vida.

Pronto, mi hermano y yo, nos dimos cuenta de que nuestra vida se estaba convirtiendo en puro placer, y también nos dimos cuenta de lo que aquello implicaba. Los asesinatos en Londres habían aumentado considerablemente desde nuestra llegada. No podíamos permitir que nos descubriesen, o nos perseguirían y acabarían con nosotros. O lo intentarían. En la manada hubo reacciones negativas a la idea que tuvimos, pero nos impusimos con garra de hierro. No íbamos a permitir insubordinaciones.

Creamos la «Doctrina», el código ético por el que los licántropos debíamos regirnos. Sus principios fueron sencillos, aunque se fue complicando a lo largo del tiempo. Afortunadamente, mis conocimientos de derecho nos ayudaron a simplificarlo y a sistematizarlo. Tratamos de reducirlo a máximas sencillas, sin embargo, aquello no era precisamente algo fácil. Los principios de la Doctrina son los siguientes:

No probarás la carne de humanos.
No derramarás la sangre de tus hermanos.
No desafiarás a tu alfa en tiempos de guerra.
Respetarás las decisiones de tus hermanos.
No desvelarás tu condición si no es innecesario.
Jamás convertirás a un humano sin permiso del alfa.
No engendrarás hijos sin permiso de tus hermanos.
No desposarás a un humano.
Romperás cualquiera de estas máximas si tú o tus hermanos estáis en peligro.

Nueve máximas. Nueve leyes inquebrantables. Nueve oraciones que debían ser cumplidas bajo todo concepto… Y tuvimos criminales. Traidores. Herejes. Y acabamos con ellos. Fuimos quince al principio. Dos meses después éramos once. Jennifer rompió la cuarta norma. Willfred rompió la primera. Robert rompió la quinta… Y Jacob rompió la octava. Y así quedamos once. Terminamos con la vida de los traidores y restauramos el equilibrio de la Doctrina… Sin embargo, los problemas no terminaron.

Creímos que al abandonar Alemania dejaríamos nuestro pasado atrás, sin embargo no fue así. Ni mucho menos. Habían pasado dos años, sin embargo, nos habían seguido la pista. No tapamos nuestras huellas tan bien como sabíamos, sin embargo, no era tan fácil. Necesitábamos alimentarnos, y durante las noches de luna llena no éramos capaces de controlarnos. Esa fue nuestra perdición. En demasiadas ocasiones cometimos errores. En demasiadas ocasiones fuimos descuidados.

La doctrina no podía protegernos durante las noches de Luna llena. No tenía sentido. No éramos capaces de controlarnos aquellas noches, así que no se aplicaba. Cuando éramos lobos, lo éramos por completo… Ese fue otro de nuestros errores. Pero no el mayor. El mayor fue confiar en un humano.

Wilhelm, decía llamarse. Traidor. Nos engañó. Nos traicionó. Trató de asesinar a mi hijo. Trató de asesinarnos a todos. Tuvimos que acabar con él. Pero no estaba solo. Quería terminar con nuestra manada, pero no pudo con nosotros. Nuestra hermandad era demasiado grande. Demasiado fuerte. Demasiado noble. No. Ninguna rata traicionera nos vencería. Acabamos con él tan rápido como pudimos. Pero sus compañeros aparecieron.

La guerra fue intensa. Fue cruel. Fue dura. Fue corta. Pero la sentimos como si hubiese sido eterna. Durante un año la doctrina fue suprimida, no jurídicamente, pero sí de hecho. El peligro para nuestros hermanos era demasiado. La novena máxima estaba vigente siempre. En cualquier momento podían atacarnos, en cualquier momento podíamos matar. Y así lo hacíamos.

Murieron muchos de los suyos, pero también murieron muchos de los nuestros. Todos y cada uno son recordados. Murieron con honor. Y también murieron muchos de los suyos. Ojalá hubiesen sido más. Esos sucios humanos… Era demasiado duro, demasiado difícil. No estábamos preparados para la guerra. No teníamos armas. No teníamos entrenamiento… no todos. Solo dependíamos de nuestra fuerza y de nuestro instinto. Pero triunfamos.

Terminamos siendo cinco. Todos murieron a excepción de cinco de nosotros. ¿Cómo podía ser eso justo? Fue entonces cuando las cosas cambiaron. La doctrina se endureció. Añadimos dos nuevas máximas:

Lucharás contra la bestia de tu interior.
No confiarás en los humanos.

Poco a poco, la Doctrina se alargó, hasta contar con nuevas máximas para casi cualquier situación. Lo importante fue que nuestro grupo se fortaleció, pero también aparecieron nuevas facciones. Descubrimos que no éramos tan anónimos como creíamos. Descubrimos que había más criaturas de naturaleza misteriosa. Y también descubrimos que no todos pensábamos igual. Surgieron facciones incluso dentro de nuestra propia manada. Incluso encontramos nuevos humanos que pretendían acabar con nosotros. Y brujos. Y también vampiros…

Añadimos dos nuevas máximas:

Acabarás con la existencia de los vampiros o morirás intentándolo.
No dialogarás con aquellos que beben la sangre de los humanos.

Modificamos la decimoprimera máxima «No confiarás en los humanos» pasó a ser «Sólo confiarás en tus hermanos».

Ocultarás tus huellas, tu rastro.
Respetarás el territorio de tus hermanos.
No convertirás brujos.

Cada vez nuestro código se volvía más complejo… y también nuestra sociedad. Volvimos a aumentar, y también a disminuir. Algunos nos abandonaron y tuvimos que crear nuevas leyes. Otros, muchos, murieron por culpa de las sanguijuelas. Tratamos de evitarlo, pero no pudimos hacer nada. Las sanguijuelas se convirtieron en algo más que nuestros enemigos… Hasta que la tensión pudo con nosotros.

No abandonarás a tus hermanos.

Rompieron la máxima. Se separaron de nosotros. Creían que yo no era un alfa digno. Creían que la doctrina estaba corrupta. Creían que, de hecho, mis formas, las de mi hermano, las de sus hermanos, eran antinaturales. Demasiado humanas, decían. Olvidaban que nosotros no solo éramos lobos. Decían que no teníamos garras, sino solo dedos. Que éramos blandos. Débiles.

La primera guerra de la Doctrina sucedió entonces. No hubo muertos. No queríamos hacernos daño. Fue una guerra por el territorio. Y no vencimos. Perdimos la casa de la Puerta de Plata. Fuimos expulsados a Sherwood, donde estuvimos recluidos durante tanto tiempo que casi olvidamos la Doctrina. Aunque no fue suficiente.

Nos recuperamos de nuestras heridas. Convertimos a nuevos licántropos. Entendimos que no podíamos mantenernos encerrados en nuestro pequeño grupo, y así aumentamos. Se crearon nuevas manadas, aliadas y enemigas. Aparecieron clanes de Licántropos por todas partes. Algunos seguían la Doctrina… otros no. Y esos eran nuestros enemigos. Pero no nos centramos en ellos. En realidad, nuestro objetivo fue recuperar la Puerta de Plata. Nuestro santuario. Nuestra tierra sagrada.

Cuando volvimos, ellos también eran más, pero no mejores. Seguían una nueva doctrina. Corrupta. Imperfecta. Errónea. Y eso fue lo que los hizo caer bajo nuestro ataque. Recuperamos nuestra Puerta de Plata. La batalla duró tres días y tres noches. Actuamos en la oscuridad, en secreto. Muchos no sabían qué pasaba, sin embargo, nadie reclamaba las muertes de los licántropos. Por supuesto, todos los que nos importaban estaban en las manadas.

Esto aconteció hace dos meses. A día de hoy, ocupamos nuestro territorio sagrado y lo defendemos con mano de hierro… Sin embargo, sabemos que el peligro acecha en cualquier lugar. No hemos terminado con las amenazas, pero lo haremos. Pronto.

Otros Datos

Gustos:
Adora el vino, sin embargo, suele beberlo caliente, pese a que no sea precisamente «lo normal».
Ampara la libertad sexual de una forma que nadie jamás pensaría para una persona de su edad pese a que es altamente homófobo.
Una cosa que valora por encima de cualquier otra es la familia. Adora pasar tiempo con aquellos que considera sus familiares y sus amigos.
No soporta la gente que vive de las apariencias y, de hecho, tampoco soporta el cinismo. Esto le hace ser directo hasta en el menos indicado de los casos.
Disgustos:
Las faltas de respeto o la insubordinación a la autoridad.
Que rompan la doctrina. No solo le causa repugnancia, si no que le entristece.
Tener que acabar con la vida de sus hermanos.
Fobias:
Tiene un miedo terrible a no ser recordado y a no trascender más allá de su propia vida.
Sobrevivir a sus hermanos es algo que le resulta tan aterrador que sería capaz de dar su vida por cualquiera de ellos.
Enfermedades:
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Animal
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Spoiler:
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Re: Ahren von Kleist | Alfa de la Manada de Kesington

Mensaje por Princesa Beatriz el Jue Oct 01, 2015 5:24 pm



Bienvenido Herr Von Kleist, cuidado con las guerras entre familias, la Hermandad acecha
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