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ienvenidos a Darkness Revival.Estais a punto de adentraros en Londres, año 1890, una época tan peligrosa como atrayente. La alta sociedad se mueve entre bailes oficiales, bodas, cabarets y fumaderos de opio. Las prostitutas y mendigos se ganan como pueden la vida, engañando, robando o estafando. Pero hay algo mucho mas oscuro en las calles de la ciudad del Támesis, más oscuro aún que el terrible Jack. Seres sobrenaturales como brujas, vampiros, metamorfos y malditos se esconden entre los miembros de la sociedad, temerosos de la sangrienta hermandad que les persigue: la Black Dagger Brotherhood. ¿Sobrevivirás? .


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Mensaje por Andra Lupei el Sáb Oct 03, 2015 7:39 am

El moratón del ojo aun no le había desaparecido y seguía teniendo la herida en el labio. La sociedad victoriana era absolutamente detestable y accidentes como el que había tenido días atrás la hacían que recordase lo bien que se vivía en manada, lejos de la ciudad, viajando. Tenía intenciones de vengarse tarde o temprano pero la oportunidad aun no había llegado y en aquella época del mes no estaba precisamente para pensar en venganzas, teniendo en cuenta lo irascible que estaba con la luna en su máximo esplendor. Siempre había amado las temporadas de luna llena, pero desde hacía unos pocos años el miedo se apoderaba de ella cada vez que tenía que transformarse. Teniendo en cuenta que estaban cerca de la ciudad, el miedo aun era mayor. No había pasado nunca nada –como mínimo, nada que ella recordase– pero tenía esa sensación de que tarde o temprano algo saldría mal, sobre todo con su hermana metiéndose en problemas por mero aburrimiento. No entendía como podía ser tan tonta para no darse cuenta de que su estadía en Londres se basaba en no llamar la atención y vivir como pudieran.

Cuando se dio cuenta de que había acabado paseando por las calles de Kensington resopló y se llevó la mano al entrecejo. Presionó con el dedo corazón y cogió aire intentando mantener la calma. Fue precisamente esa inspiración profunda la que hizo que el olor cercano se instalase en sus fosas nasales y abrió los ojos que había cerrado con tal de relajarse. Observó la cesta de mimbre que colgaba de su brazo y alzó las cejas. No había podido comprar té, porque el hombre del puesto de especias e infusiones del mercado no había aceptado sus regateos. No tenía suficientes monedas para pagarle y se había vuelto sin té priorizando en comprar puerros, patatas y bacalao salado. Podrían leer los posos de los clientes que viniesen con alguna infusión de hierba del jardín o sugerir que las cartas eran más efectivas para "ese caso en concreto". Fuera como fuese, prefería comer aunque fuese sopa de puerro y patatas cocidas con bacalao desmigado. Rebuscó en la cesta de mimbre, para, efectivamente, no encontrar ninguna bolsa de té. Alzó la mirada para mirar el pequeño callejón entre dos de las casas. El paseo de tierra húmeda llevaba a una puerta abierta de la que una mujer salía, cargando unas cestas de mimbre parecidas a las que ella misma llevaba.

Alzó las cejas y no se lo pensó demasiado. En cuanto la mujer se alejó calle abajo, Andra se adentró en el callejón y, a pasos rápidos alcanzó la puerta. El picaporte cedió cuando intentó girarlo y al tirar, la puerta se abrió sin dificultades. Sonrió cuando los aromas de la cocina llegaron a su nariz y se relamió los labios. Agradeció mentalmente que la mujer del servicio de aquel ricachón de turno fuera tan estúpida como para dejar la puerta abierta y se adentró en la cocina. No tardó demasiado en localizar los botes metálicos donde solían guardarse los tés, dio unos pasos rápidos hasta ellos y abrió uno para olisquear el contenido. Sonrió al comprobar que era té negro y echó el bote dentro de su cesta y lo tapó con el trapo. Podría haberse ido. Con aquel bote de té tendría suficiente para unos días, pero... Estaba en una cocina llena.

Puede que muera antes de otra oportunidad como esta —se dijo, y ni por todo el oro del mundo iba a desaprovechar esa oportunidad. Bueno, probablemente por todo el oro del mundo hubiera vendido hasta a su hermana, así que realmente no era una buena forma de ilustrar su decisión. Se recolocó el pañuelo que llevaba en el cuello y cubriendo su cabeza y se acercó a los armarios que parecían despensas en busca de alimentos que llenaran su estómago y el de su hermana con algo más que sopa de puerro, patatas y bacalao salado. 


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Mensaje por Ahren von Kleist el Sáb Oct 03, 2015 8:04 am

Aquellos días eran complicados para los hombres como él. La luna llena tenía una fuerte influencia en los licántropos y rara vez era la que conseguía resistirse. Recordaba una única vez haberlo logrado, aunque aquello había sido un caso tan aislado que no podía ni si quiera contarlo como un éxito. Precisamente por eso había fundado la Puerta de Plata junto a su hermano. Y precisamente por eso aquella mañana se despertó en el sótano, encerrado tras aquella puerta que, literalmente, era de plata. Junto a sus hermanos. Observó a todos y cada uno de ellos, tendidos, ya convertidos en humanos, dormidos. Respiraban tranquilos. El bombeo de sangre había vuelto a la normalidad y podía oír sus corazones latir con una calma digna de cualquier persona normal.

Había un total de once hombres lobos. Vivían en el centro de Londres. Si los cazadores o los vampiros lo supiesen habrían dado lo que fuera por encontrarse aquella mañana allí. Todos extasiados, agotados, exhaustos por completo… Aunque, por supuesto, no indefensos. Ahren no era idiota. Ahren permitía al servicio quedarse en la hacienda aquella noche, pero todos debían ir armados con armas de plata y, por si fuese poco, todos debían evitar el piso más bajo del edificio. De aquella forma, todos estaban perfectamente protegidos de la amenaza que implicaba estar allí y también de las amenazas exteriores. Pero no. No sabían que tenían una manada de licántropos en el sótano.

Como fuera, la noche de luna Llena pasó sin mayores problemas, como ya era costumbre desde que aplicasen la Doctrina. Se vistió con la ropa que había dejado preparada en el sótano y después salió sin tocar la puerta con la piel desnuda. Inspiró ligeramente, esperando encontrar el olor del desayuno recién preparado. Pero no lo sintió. Encontró muchos olores, como ya era costumbre, aunque el más llamativo era el propio. El del sudor. Más tarde se lavaría. En aquel momento estaba hambriento.

No detectó el olor de la cocinera, pero sí que notó el olor del servicio. Al menos había personas en la cocina. Iría a visitarlas y a pedirles algo de desayunar. Tenía hambre porque aquella noche no había comido nada. Evidentemente, solo había estado con sus hermanos y no había podido cazar. Mejor, en cualquier caso. Pero eso no quitaba que estuviese hambriento. ¿Tendrían algo de carne? Esperaba que sí. Odiaba comer cereales o verduras. Si no fuese porque lo sabía a ciencia cierta, creería que no le alimentaba lo más mínimo.

Fue directo a las cocinas y vio a una mujer de aspecto extraño. Inspiró de nuevo, para reconocerla. De hecho, no. No reconocía el olor. Si de algo estaba seguro era de que conocía a su servicio, a no ser que Adler hubiese contratado a una nueva muchachita solo por lo guapa que fuese. Esperaba que no estuviese pensando en engendrar críos con una humana… No. Adler no haría eso. La Doctrina se lo prohibía.

Buenos días— saludó con tono frío, plano, casi como si no se hubiese dado cuenta de que esa mujer no debería estar allí—. ¿Estás ocupada?— hablaba con tono regio y un fuerte acento alemán, aunque eso no le quitaba la elegancia ni tampoco la indiferencia respecto a todo lo que le rodeaba. De hecho, era imposible determinar si se había dado cuenta de que esa mujer no pertenecía a su servicio, pese a que sabía que no era así. Jamás hubiese permitido que alguien trabajase con la cabeza cubierta—.
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Mensaje por Andra Lupei el Sáb Oct 03, 2015 8:42 am

Abrir el armario fue como abrir la puerta al un mercado en miniatura. Tardó dos segundos en retirar el trapo de su cesta de mimbre, coger cebollas, un par de cabezas de ajo y meterlas en la cesta. El fuerte olor de las especias la hizo sonreír y rebuscó entre los botes buscando eneldo y orégano. Probablemente pocas cosas le gustaban más que el olor del orégano o el té. Tomó uno de los botes y lo destapó para oler el contenido. Supo que era orégano incluso antes de destaparlo.

Estaba demasiado ocupada con el olor de las especias que tenía justo bajo la nariz como para detectar el olor del hombre. Era demasiado tarde cuando lo detectó. Se giró incluso antes de que él hablase, de golpe y dispuesta a salir corriendo si se trataba de una amenaza, pero no apreció agresividad en los gestos del hombre. La neutralidad en su voz hicieron que se relajase –aunque no del todo– y se dedicase a buscar una buena excusa. Sonrió al hombre e intento formar una buena historia en su cabeza, que fuese creíble. Se aferró al bote de orégano que tenía entre las manos y tragó saliva. Dejó el bote en la encimera sin perder al hombre de visto y bajó el pañuelo del pelo. Recolocó las ondas de cabello a ambos lados de su cara. Tenía los ojos azules y no era muy morena. Si que era medio gitana, pero su madre fue una mujer danesa, rubia, pálida y de ojos claros, así que en cuanto a aspecto no era la típica gitana morena. Tal vez no sería difícil pasar por inglesa.

Yo... —empezó— Buenos días, señor —correspondió al saludo con toda la naturalidad de que fue capaz—¿Ocupada? Bueno, no demasiado. Verá, mi madre trabaja para usted —mintió intentando disimular su acento extranjero, aunque el deje de su lengua madre se imprimió en el tono. Mucho más disimulado de lo usual, pero detectable a quién prestase atención— Me pidió que comprobara si había orégano porque ha ido a comprar, siento la intromisión, no esperaba encontrarme con nadie —sentenció al recordar a la mujer que había salido de la cocina con las cestas de mimbre. Probablemente era la excusa menos creíble del mundo— Está claro que sí que hay orégano, iré a informarla —optó. Cogió el bote, y, con pesar, lo dejó en el armario de nuevo.

Mejor salir de allí con lo que llevaba en la cesta que sin nada. En su vida había aprendido a conformarse con lo que tenía. De hecho, debería haber sido menos avariciosa y salir con el primer bote que cogió. Precisamente, estaba en esa situación por su avaricia. Luego se quejaría de su hermana por meterse en problemas, pero ella acababa de meterse en uno del que probablemente iba a salir por los pelos. Si es que el hombre se creía su excusa barata. Volvió a colocarse el pañuelo sobre el pelo e hizo ademán de dirigirse a la puerta.


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Rol Privado Re: No tenía intención de pedir permiso.

Mensaje por Ahren von Kleist el Sáb Oct 03, 2015 9:27 am

La mujer se destapó el rostro. Efectivamente, era guapa. Bastante guapa, de hecho. Sin duda aquella podría haber sido una de las elecciones de Adler, o quizás de los hermanos Ovesen. ¿Quién sabe? A fin de cuentas aquello daba igual. Aquella mujer no trabajaba para él, ni por su decisión ni por la de su hermano. De hecho, ni si quiera era inglesa y si lo era, se había criado con gente extranjera casi seguro. Ahren no podía determinar de dónde era, pero estaba claro que no era precisamente de su casa. Además, su olor tenía algo extraño. Extraño tipo «no he estado aquí en mi vida» no extraño tipo «me echo perfume de flores». Es algo que, cuando eres un licántropo, aprendes a detectar. Todas las casas tienen un olor, y pasar tiempo allí hace que ese olor se te pegase.

Por supuesto, la muchacha no intentó hacerse pasar por una de las trabajadoras de Ahren, sino que, más bien, se hizo pasar por alguien relacionado con sus trabajadoras. Repasó mentalmente la lista de empleados y no le cuadró, por edad, que esa muchacha fuese hija de nadie, aunque quizás estaba equivocado. Quizás sí que fuese la hija de alguien. Pero, desde luego, aquella mujer no tenía nada que ver con su casa. Al menos no de forma directa.

Volvió a coger aire, aunque esta vez lo hizo de manera disimulada. Nadie pensaría que estaba tratando de captar el olor de la mujer… y de lo que llevaba en la cesta. Cosa que hizo. Eran botes metálicos, similares a los que tenía en el interior de la alacena. Y también cebollas y otras cuantas verduras. No le hubiese importado que se las llevasen, pero eran suyas. Y no le gustaba que le robasen. Eso fue suficiente para decidir cómo proceder.

Oh— exclamó con falsa excitación—. No te preocupes. Está bien si trae más. Nunca hay suficiente orégano, ¿verdad?— lo dijo con desenfado y con media sonrisa en el rostro, como si de verdad pensase eso. ¿Orégano? ¿De verdad? ¿Para qué narices querían orégano? — Por favor, no te molestes— y aquello sonó más como una orden que como una sugerencia. Era la voz de un alfa, de un duque, de un militar de alta graduación. Era una voz de autoridad y fuerza. Era una voz que, si bien no hablaba con ira, exigía. Aquella voz cargada a partes iguales de desprecio y de respeto era la voz de alguien que no iba a aceptar una negativa—. Me gusta conocer a las familias del servicio. Tomemos un té juntos. Charlemos.

Se acercó con calma hasta una de las mesas que había en la cocina para cuando no tenían que trabajar las encargadas de tal tarea y apartó una silla, permitiendo a la muchacha sentarse. Después, con paso calmado, se dirigió hasta la puerta que daba a la calle y la cerró con un leve empujón. Firme y seco. La puerta dio un ligero estruendo y la estancia quedó solo iluminada por las luces artificiales y las escasas ventanas.
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Mensaje por Andra Lupei el Dom Oct 04, 2015 7:00 am

El olor que envolvía siempre a Andra era una mezcla de su propio olor corporal, difuso ante la potente esencia de inciensos, tés y otros rastros de plantas aromáticas e infusiones. La caravana en la que siempre había vivido tenía esa intensa mezcla de olores. De hecho, para cualquiera hubiese sido fácil localizar el pequeño campamento que tenían montado las hermanas Lupei si estaba cerca. Toda esa mezcla de olores tenía una intención clara, desde luego. Su abuela, que había fallecido varios años atrás, había explicado a las gemelas como esconder su olor, el de verdad, para que otros no pudieran identificar su raza. La anciana siempre había tenido la obsesión de que otros podían saber de su naturaleza solo por el olor o el tacto, así que había enseñado a las niñas a esconder su olor corporal y a no dejarse tocar. Andra creía en la teoría del tacto, porque su temperatura corporal era inusualmente alta, pero lo del olor no terminaba de convencerla. Aun así, nunca había discutido nada a su abuela y seguía haciendo caso de sus consejos aun cuando llevaba años muerta. Además, con el tiempo se había acostumbrado a esos aromas que las rodeaban y no quería abandonar las costumbres. Tal vez por respeto a los muertos...

Nunca hay suficiente orégano —asintió a las palabras del hombre y ensanchó la sonrisa como mero acto para esconder la inquietud que se instaló en su cuerpo— Pero de verdad que no es ninguna molestia... —prosiguió, en un intento vano por convencer al hombre. Él, por su parte, retiró una de las sillas que estaban junto a la mesa de la cocina e invitó a Andra a tomar asiento. La idea del té la inquietó. Hubiera podido sentarse y charlar con él un rato si no hubiera sugerido tomar té. Básicamente porque el té lo tenía ella en la cesta y cuando el hombre lo buscase, iba a ser evidente que faltaba una de las latas. Tomó asiento, no demasiado segura de estar haciendo lo correcto y volvió a bajar el pañuelo dejándolo descansar en sus hombros y pasó el cabello tras la oreja. El golpe de la puerta hizo que volviese a tensarse— No hace falta que se moleste en hacer té, señor.

Tal vez conseguía disuadir al hombre. Con un poco de suerte... Dejó la cesta en el suelo y se giró para observar los movimientos del dueño de la casa. Se mordió el interior de los carrillos mientras intentaba pensar algo que desviase el tema del té y no se le ocurrió otra cosa que proseguir con el rol de "la sirvienta" que había empezado y parecía haber funcionado. Era ella la que cocinaba cada día en la caravana, así que tan mal no debería dársele y preparar un desayuno para un hombre rico no podía ser tan difícil. Así que se lanzó.

Tal vez le apetezca mejor café para desayunar. Ya que le he molestado y no ha desayunado, podría prepararle algo, puesto que mi madre no está —ofreció. Si le preparaba café, no iban a necesitar el té. Eso parecía un buen movimiento. A no ser que al hombre no le gustase el café, en cuyo caso su plan se iría al garete. Además, tenía hambre y, con suerte, el hombre la invitaba a desayunar. No, estaba siendo demasiado optimista. Pero se le hizo la boca agua con la simple idea de llevare algo de carne a la boca. Comer patatas y puerros ayudaba a disimular el hambre, pero no la alimentaba en absoluto, y la carne estaba cara, así que podían comerla muy de vez en cuando o cuando se atrevían a cazar algo, cosa que ocurría poco. Por eso Andra y Tatiana estaban tan delgadas. Sobre todo Andra, que se negaba en rotundo a comer ratas. Puaj.
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Rol Privado Re: No tenía intención de pedir permiso.

Mensaje por Ahren von Kleist el Dom Oct 04, 2015 7:24 am

Ahren puso una sonrisa amable cuando la muchacha admitió que nunca había suficiente orégano. Le gustaba que la gente le hiciese caso aunque fuese en cosas en las que realmente no tenía una opinión concreta o, incluso, cuando ni si quiera pensaba lo que estaba diciendo. Aquella solo era otra forma de conocer a tus subordinados y, aunque en aquel momento no estaba ante una subordinada en sentido estricto, también se sentía bien llevando las riendas de aquella conversación. Era como una especie de juego. Él soltaba una cuerda, y veía si ella era capaz de capturarla antes de que él la recogiese. Y, al parecer, ella era bastante rápida. Eso también le gustaba.

Muchas veces, conversar se volvía un juego, sin embargo, en otras tantas, era una mera formalidad. Recordaba sus largas conversaciones con Otto von Bismarck antes de casarse con su querida, y ahora muerta, Marie. Aquellas conversaciones eran de una talla sin igual. Recordaba las citas de antiguos profesores que habían compartido, y también las de filósofos y científicos de la antigüedad. Aquellos tiempos eran tiempos mejores, sin lugar a dudas… Pese a que no volvería a ellos ni por todo el oro del mundo. En realidad, Ahren era feliz con su manada. Echaba de menos a su esposa, y a su segundo hijo, por supuesto, pero eso no quería decir que ahora fuese infeliz. Habían pasado muchos años y, si bien cargaba con la culpa de lo que había hecho, no era una persona que viviese en el pasado.

Y en aquella ocasión no iba a ser menos. No se quedaría cavilando sobre qué sería de él de haber seguido en Prusia, ni tampoco quiso quedarse pensando en su mujer o su otro hijo. En aquel momento, decidió que lo mejor era seguir jugando a ese pequeño juego. Le lanzaría otra cuerda. Si ella la agarraba, quizás, la dejase salir de allí sana y salva. Con sus cebollas, sus puerros y su bote metálico que, por lo que pudo deducir de sus palabras, llevaba té. Levantó la ceja izquierda con parsimonia mientras ella le pedía que no se molestase en hacer té.

Verá, señorita, me temo que el café es un producto caro. Viene de las américas y, lo que es peor, de las Américas españolas. No solo tienes que pagar un transporte desorbitado, si no también unos aranceles católicos— aquellas palabras tenían un cierto deje de desprecio—. Y borbónicos— masculló para sí—. Sinceramente, no comprendo por qué debería tomar café en vez de té… ¿Tiene usted alguna idea al respecto?

La verdad es que nunca compraba café, y no por esos motivos exactamente. Si bien los von Kleist eran una familia rica, no eran tan ricos como lo hubiesen sido en su pasado. Podía permitirse mantener a once licántropos con relativa facilidad, pero no tanta como podían creer otros. Precisamente por eso había propuesto el expansionismo en el último Concilio, y había pensado en hacer reclamar a Adler su propio territorio, así como a los hermanos Ovesen. De aquella forma podrían comenzar a producir su propio dinero y mantener una manada más rica, con un mayor nivel de vida.

Precisamente por eso, evitaba comprar café y prefería comprar té, un producto colonial pero de origen Indio o turco en muchas ocasiones, estados y territorios vinculados a la corona de Reino Unido y, por ende, mucho más barato que el café.
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Mensaje por Andra Lupei el Dom Oct 04, 2015 6:51 pm

Se mordió el labio y tuvo que cerrar uno de los ojos cuando el pinchazo de dolor la sobrevino. Había vuelto a olvidar la herida, como la mayoría de veces, y por un segundo perdió el hilo de la conversación. Miró al hombre cuando de su boca salía la palabra “desorbitado” y comprendió de que iba su frase. Nada de café. Lo que la dejaba en una situación algo comprometida, porque no tenía justificación alguna sobre por qué tomar café en lugar de té. Personalmente, Andra prefería el té antes que el café. Se lamió la sangre del labio y se llevó la mano frente a la boca intentando ganar tiempo. Negó con la cabeza en respuesta al hombre.

No tengo una razón concreta, señor. Realmente prefiero el té al café, pero he oído que el café suele ser beneficioso por las mañanas por algunas propiedades… —hizo una pausa, carraspeó y bajó la voz— laxantes —finalizó. Era verdad. Su abuela se lo daba a los miembros de la manada mezclados con leche de cabra –cabra que por desgracia para las hermanas Lupei había muerto– cuando tenían problemas de tránsito— Oí a como un médico se lo recomendaba a una de sus pacientes al salir de su consulta —eso acababa de inventárselo, pero el hombre no tenía modo de saber que esa afirmación era mentira. Observó al hombre y sonrió— Por otro lado, el té acostumbra a tomarse por la tarde —optó— y creía que un hombre de su categoría dispondría de café. Sin embargo, creo que sus razones para no poseerlo no son económicas, si no más bien políticas. Parece un hombre de sobra pudiente, salta a la vista en su porte —sonrió de nuevo al hombre y volvió a colocarse el pelo tras la oreja, intentando parecer encantadora, no solo al alagarle si no con sus gestos.

El sabor metálico de la sangre del labio volvió a invadirle la boca y volvió a pasar el dedo por la herida. En aquel momento detestaba los anillos y a los hombres que los llevaban. Estaba segura de que no los usaban solo de decoración, si no porque así, al abofetear a las mujeres podían hacerles más daño. Había intentado robar una bolsa de monedas a un hombre mientras su hermana le leía la mano, y había acabado llevándose unas bofetadas. Que sí, podía merecérselas, pero no hacía que le doliese menos. Contuvo un resoplido y miró de reojo la cesta. ¿Qué iba a hacerle aquel hombre si se daba cuenta de que no era hija de nadie del servicio y que estaba en su casa robándole? Parecía un hombre calmado, pero tenía un porte regio y su tono al hablar parecía estricto. Además, reconocía el deje alemán. Había estado en Alemania.

Me encanta charlar con usted pero tal vez deba ir yéndome. No quiero robarle más tiempo del que le he robado hasta ahora, señor —convino, esperando que la fortuna, que parecía haberla abandonado, volviese a ella— Parece un hombre ocupado y no quisiese entorpecer sus obligaciones. Mire que soy excesivamente charlatana y, como la mayoría de mujeres, suelo ofrecer charlas aburridas y de nimia importancia —dijo, con lengua ágil y extendiéndose para que realmente pareciese una mujer aburrida y pesada, charlatana como muchas eran. Al final los libros de su madre iban a servirle para algo. En realidad Andra no era así, pero sabía cuanto aburrían ese tipo de mujeres a los hombres y si ese en concreto la dejaba marchar gracias a eso admiraría a las mujeres charlatanas y aburridas.
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Mensaje por Ahren von Kleist el Dom Oct 04, 2015 7:30 pm

Las palabras se sucedían en los labios de la mujer. Pero había algo más que salía de aquel labio. Sangre. Estaba sangrando. ¿Por qué? ¿Por qué en ese instante? Ahren parecía controlado… ¿Cuánto duraría? Poco. A penas acababan de pasar la luna llena. De hecho, aún podía sentir el calor del lobo en su cuerpo. No. No había un lobo en su cuerpo. Él era un lobo. Una bestia. Un animal tan inteligente como mortal. Y más fuerte que cualquier humano. Era la fusión de lo natural y lo artificial. Era fuego y era hierro. Era la perfecta combinación de aquello que aterraba al hombre y aquello que aterraba a la bestia. ¿A qué debía temer, pues? Quizás a nada. ¿A qué temía? Quizás a nada… Excepto a una cosa. Una cosa de la que era incapaz de deshacerse. Una cosa que formaba parte de él. Inseparables.

«Sangre» dijo aquella voz. «Te está robando». Hablaba con la voz del lobo. Una voz salvaje. Brutal. Gutural. Era un gruñido continuo. Rápido. Mordaz. Pero era elegante. Regio. Quizás hasta majestuosa. Le recordaba a su propia voz. ¿Era así como le oían los demás? Quizás. ¿Por qué no? «Está reclamando lo que te pertenece» insistía. «Quebranta las leyes de todas las sociedades» le instaba. «Raja su garganta. Báñate en su sangre. Termina con ella» le gritaba. No. No gritaba. Eran rugidos. «Sabes que quieres». «Sangre. Carne fresca».

El lobo en su interior seguía furioso. Llevaba más de doce horas sin comer y ya notaba la necesidad de alimentarse. Su estómago estaba vacío. Recordó lo que se sentía al hundir el morro entre la carne cruda. El olor de la sangre. Inspiró. Se llevó la mano a la sien, como si le doliese la cabeza. Cogió aire y sintió la sangre de nuevo en su morro. No. Solo la olía. Se controló como pudo. Él era capaz de controlarse. Pero la luna llena estaba demasiado reciente. Tragó saliva. Se lamió el labio inferior en un acto reflejo. Recordaba el cuerpo destrozado de Marie, su esposa.

¿Laxante?— preguntó con desprecio—. ¿Para qué querría un laxante si aún no tengo nada que defecar?— sus palabras sonaron duras, aunque las formas no desaparecieron por completo. Ahren estaba concentrado en aquel detalle. En aquella gota roja que ya no podía ver, pues la muchacha la había lamido. Trató de olvidarse de aquello. Compuso un gesto de amabilidad algo forzado. Reprimió la voz de su cabeza. La ignoró tanto como pudo. Quiso abandonarse a ella. Pero también quiso olvidarla para siempre. Tenía hambre—. Silencio— ordenó al aire. Se lo decía a sí mismo. Quería centrarse—.

Dirigió la mirada a la alacena donde olía la carne cruda. Tenía hambre. Se levantó y cogió un filete. Probablemente aquello iba a ser la comida de la manada en algún momento. No le importó. Lo echó sobre un plato, tratando de pensar en comer y no en la sangre que acababa de oler. Odiaba cuando perdía el control. Incluso aunque solo fuese un poco.

La voz seguía zumbando en sus oídos. Sus ojos se volvieron dorados un instante. Los cerró. No iba a cambiar. No en ese momento. No delante de una humana. Sería romper la Doctrina. Ese pensamiento hizo que se relajase. No iba a romper la Doctrina. No por ese motivo. No. No iba a romper la Doctrina. Cogió aire. Cogió cubiertos. Comenzó a comer. — Si te vas a ir— dijo entre bocado y bocado. Cortaba la carne con sorprendente facilidad, pese a estar completamente cruda— devuélveme mis cosas. Y hazme un té— la ira, una ira fría e injustificada, llenaba sus palabras. Estaba furioso, pero estaba furioso consigo mismo. Estaba furioso con su naturaleza—.
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Rol Privado Re: No tenía intención de pedir permiso.

Mensaje por Andra Lupei el Dom Oct 04, 2015 7:59 pm

Volvió a relamerse los labios para sentir el decreciente sabor de la sangre de nuevo en la punta de la lengua. Desde el día anterior, cada vez que se mordía el labio –cosa que hacía con mucha frecuencia– se recordaba lo hambrienta que estaba. Le resultaba duro no comer carne, y le sorprendía que los caballos con los que convivía siguiesen vivos. Si no fuese porque los necesitaban para tirar del carro, los hubiera vendido hacía tiempo. A cambio de los tres hubiera conseguido una suma de dinero realmente alta y tal vez le diese para comprar carne. O también podría haberlos matado y cocinado. Pero le daba pena. Tatiana lo hubiera hecho, no tenía reparos. Ella fue quien mató a la cabra cuando dejó de darles leche. Pero a Andra seguía dándole pena. Tal vez era demasiado sentimental, y ella misma se lo repetía interiormente con mucha frecuencia.

El desprecio en la voz del hombre la hizo enfocar de nuevo la mirada en él. Cogió aire profundamente, pero no detectó ningún cambio de olor que denotar y aunque afinó su oído, no logró discernir si se le había acelerado el pulso. No sabía si el hombre estaba enfadado, al menos no lo notó en cuanto a aspectos fisiológicos se refería. Pero por el tono, creyó que el comentario a cerca de las propiedades laxantes le había molestado. Tragó saliva y se mordió los carrillos interiores para evitar volver a morderse el labio, aunque se moría por volver a lamerse la herida. ¿Silencio? ¿Qué…? Guardó silencio. No estaba segura de que se lo estuviese diciendo a ella, porque no la miraba, pero no había nadie más a quien mandar a callar así que lo lógico hubiese sido pensar eso. Aun así, comprobó que en la estancia solo estaban ellos dos.

¿Cómo sabe…? —miró la cesta de nuevo, seguía tapada con el trapo. ¿Sabía exactamente cuantas cebollas había en la alacena? Vale, veía normal que notase la ausencia de la lata de té, pero… ¿¡Las cebollas y los ajos!? ¿Es que los tenía contados? Había gente MUY controladora en el mundo, no cabía duda de ello— Entonces… ¿Si no me voy puedo quedármelas? —aventuró. No tenía ni pies ni cabeza, pero tal vez el hombre solo estaba aburrido y quería hablar. Igual a cambio de una charla le daba lo que había cogido… O igual volvía a ser demasiado optimista.

Observó como se comía el filete crudo y su estómago se removió con un gruñido hambriento. Y supo que iba a pasar a continuación así que sencillamente volvió a morderse el labio y paladeó la sangre de la herida. Por su parte, convivir con su naturaleza lobuna era algo que había hecho desde que había nacido, así que la voz en su cabeza no la atribuía a la “bestia” o como lo calificasen otros, si no a su consciencia. A veces, incluso mantenía conversaciones con ella. Cuando estaba sola, desde luego, no iba a permitir que la tacharan de loca por ir hablando sola en público. Pero esa carne tenía tan buena pinta… Parpadeó y negó con la cabeza, tragó saliva y se levantó. Caminó hacia la encimera y tomó otra de las latas de té. Lo abrió y olisqueó el contenido.

¿Té rojo con ciruela? —preguntó, girándose a mirar al hombre, refiriéndose a si ese estaba bien para él. Lo observó un segundo y, desde aquella posición logró una mejor visual del filete. Negó con la cabeza y se obligó a pensar en otra cosa, se preguntó a si misma si el hombre se habría dado cuenta también de que no era hija de ninguna mujer de su servicio. Se preguntó si él había sido consciente de la mentira desde el principio y si había jugado con ella. Pero no logró evitar que su estómago volviese a quejarse— ¿Dónde guardan las tazas? —preguntó para eclipsar el sonido de sus entrañas.
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Mensaje por Ahren von Kleist el Dom Oct 04, 2015 8:19 pm

La carne calmó su instinto. Consiguió silenciar aquella voz que tan recurrentemente le asaltaba sobre todo en aquellas épocas. No quería volver a oírla en todo el ciclo, aunque sabía que eso no iba a pasar. Tenía casi un mes para sufrirla, aunque también para dominarla. Ansiaba dominarla. Sabía que se podía. Lo había logrado. En una ocasión había dominado a su lobo interior. Había evitado que aquella bestia saliese en luna llena. Había evitado tener que encerrarse tras la Puerta de Plata. Aquel había sido uno de los días más felices de su vida… o de su nueva vida. Aquel había sido el día que había podido volver a notar el roce de la luz lunar en su rostro. Lo adoraba. Casi podía recordar su tacto, inexistente en realidad, sobre su piel desnuda. Su piel imberbe.

Lo echaba de menos… pero echaba de manos más aún a su mujer. Si hubiese podido evitarlo… Aquellos pensamientos le recordaron demasiado el dolor. Trató de evitarlos. «Come» le dijo la voz. Y eso hizo. Dio otro bocado. Comía con ferocidad. Los trozos de carne eran grandes, y la sangre se desparramaba por sus labios. La lamía cada vez que notaba el dulce jugo resbalar hacia cualquier parte de su rostro. Casi no podía controlarse… Y casi no oía la voz de la muchacha. Sabía que estaba ahí. Podía olerla. Podía oírla, en realidad. Pero no la escuchaba. No del todo.

Su parte consciente estaba demasiado ensimismada en su filete. En la comida. Necesitaba comer más. Quería comer más. Pero el filete llegaba a su fin. Sabía que podía permitirse otro más, pero no quería pecar de avaricioso. Prefirió dejar aquella carne para sus hermanos. Y siguió comiendo el filete que tenía. Y también se concentró en la voz que salía como un tímido susurro de los labios, sangrantes, de la muchacha. Trató de centrarse en su voz. «Esa niña es idiota» le dijo una voz mucho más tranquila que la anterior. Parecía calmada tras la ingesta. «¿No se ha dado cuenta aún de lo que somos» bufó con desprecio. Esta vez, la voz sonaba mucho más parecida a la de Ahren. Casi era la misma voz. ¿Quizás era la razón y el instinto al mismo tiempo? «Muéstraselo» le ordenó.

Ahren rechazó aquella idea. «La Doctrina» se recordó. Y entonces apartó la mirada de su comida por un instante. — ¿Qué cómo sé que me estás robando?— preguntó. No hablaba con ira, aunque esta se notaba en su voz—. Por favor. Lo sé desde que entré— escupió aquellas palabras como si fuesen obvias—. Y no. No puedes quedarte con mi comida. Para conseguir comida hay que trabajar. Ganarse el pan. Y robar no es ganarse el pan— era sorprendentemente irónico que alguien como él dijese aquello. A fin de cuentas, él vivía de las rentas. Incluso había pensado en llegar a invertir el capital que tenía. ¿Por qué no? A fin de cuentas, su título era meramente decorativo desde las guerras de unificación—.

No soy imbécil, niña— continuó cuando el filete ya se había terminado—. Me imagino que llevas sin comer días. Todas las que son como tú coméis poco. Deberíais buscaros mejor la vida— no tenía claro si se refería a su raza o a su clase. En realidad, no tenía claro de dónde provenía aquella mujer—. Si quieres, puedes tomarte un té conmigo. Pero la comida me la devuelves. Todo lo que lleves… Y si quieres, creo que puedo darte trabajo. Quizás— tendría que consultarlo con el ama de llaves, pero era una posibilidad—.
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Mensaje por Andra Lupei el Miér Oct 07, 2015 4:58 am

Andra cogió aire para calmarse. Siempre, durante toda su existencia, desde su mismo nacimiento, había lidiado con la bestia en su interior. En aquel momento, gruñía. Gruñía porque se sentía amenazada. Había dos tipos de animales, los que corrían detrás y los que corrían delante. Andra corría detrás, desde siempre, excepto una vez. La vez en la que había perdido a casi todos sus seres queridos. Aquella vez se juró a si misma que jamás volvería a correr delante de nadie. Más bien, su voz interior se lo había dicho y ella lo había aceptado. Andra no huía, y cuando no huía y se sentía amenazada, la única solución era estar en guardia y atacar en el instante preciso, los dientes directos a la yugular.

Las palabras del hombre hacían que cada músculo de su cuerpo se tensase. Presionó la mandíbula, perdiendo la sonrisa que había mantenido en su rostro desde que llegase el hombre y acabó por decidir que se había acabado ya el ser simpática. Si la mentira no había surtido efecto, no tenía sentido ya. Volvió a tapar el bote de té rojo sin perder de vista un solo movimiento del hombre y lo dejó de nuevo en su sitio.

¿Y usted en que trabaja? —espetó, tuvo que guardar un segundo de silencio para controlar el tono— ¿A que se dedica en su día a día a parte de a hacer lo que le place y a vivir de los impuestos que paga la gente sin privilegios? ¿Cómo se gana el pan, señor? —preguntó y alzó las cejas. Sin siquiera dejarle contestar prosiguió— Cogerle cosas a usted no es robarle, es solo coger lo que pago por otro lado —aclaró. No, no le gustaban los ricos, con todos sus privilegios. Y no soportaba que la llamasen ladrona, aunque lo fuese, en cierto modo.

Sin embargo, tuvo que morderse la lengua. Básicamente porque Tatiana iba a morirse de hambre si no ganaban algo de dinero y trabajar para un rico le daría más que estafar a cuatro mojigatas que se acercasen a saber su futuro. Además, la competencia creciente era una amenaza constante y limpiar la casa de un señor no iba a ser demasiado competitivo. Frunció el ceño y volvió a guardar silencio. Darle trabajo. ¿Iba a dárselo?

No como poco, como mal, es distinto. Y ha sido una mala noche. No tengo mala vida. Y si tan mal cree que nos va la vida a las que son como yo —cambió el tono de voz remarcando la última parte de la frase, sin siquiera saber a que se refería él con esa comparación— debería colaborar en obras de caridad. Las hay —comentó.  Guardó silencio unos segundos, pensando como proseguir. Caminó hasta la cesta, la dejó sobe la mesa y retiró el trapo para sacar las cebollas, los ajos y la lata de té negro— No quiero el té, pero acepto el trabajo que quizá pueda darme —concluyó.
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Mensaje por Ahren von Kleist el Miér Oct 07, 2015 9:23 am

Su instinto gritó. No gritó una orden, como antes. Gritó como gritas cuando estás asustado. Cuando sientes una amenaza. Gritó como cuando adviertes a alguien de que se acerca un carromato que no ha visto. O como cuando acabas de tropezar y estás a punto de caerte. Gritó advirtiéndole que estaba provocando algo. Quizás demasiado tarde, porque la mujer no tuvo problemas en empezar a despotricar. Él sintió la rabia llenando su boca. Sintió el impulso de abalanzarse sobre ella y rasgarle el cuello con sus propios colmillos. De hecho, sintió sus colmillos en su boca. Se controló. Reprimió aquello que estaba a punto de pasarle. Apretó los puños. Aquella mujer había entrado en cólera sin si quiera saber de qué estaba hablando.

¿Quién te crees que soy?— su voz sonó gutural. No lo intentó disimular. No la miró. La Luna Llena estaba demasiado reciente como para mirarla y poder controlarse. Sentía la cólera en su cuerpo, clamando una escapatoria. Exigiendo que la dejasen salir y hacer lo que le placiese. «Está en tu territorio» le decía. «Eres el Alfa» le gritaba. «¡IMPONTE!» le ordenaba. — ¿A qué crees que has venido aquí? ¿Por qué, si quiera, se te cruza— se puso en pie, abandonando los escasos restos de carne cruda que había estado devorando hacía unos instantes— por esa incoherente cabecita tuya que yo no trabajo?— Efectivamente, no trabajaba. No. Ya no. Pero había trabajado. Probablemente mucho más de lo que aquella mujer, por llamarla de alguna manera, había trabajado en toda su triste y corta vida—. Mi nombre es Ahren von Kleist, niña. Mis tierras no las trabajan esclavos, si no obreros. Todos reciben un sueldo. Por el amor de Dios, el régimen feudal cayó hace más de cien años. ¿Cómo puedes ser tan patética? Ni si quiera sabes de lo que hablas—.

Se apartó de la mesa con desenvoltura, quizás demasiada, pues la silla se tambaleó, aunque no llegó a caerse. Apretó de nuevo sus puños y esta vez sí que dirigió la mirada hacia la mujer, que, si bien le había parecido una amenaza con su cambio de actitud, en ese instante la vio pequeña. Pequeñísima. Enana. Y Ahren rio. ¿Qué podría hacerle aquella mujer? Estaba en su territorio. Estaba en su casa. Estaba en la Puerta de Plata. Once licántropos adultos esperaban a solo unos metros de él. ¿Cuánto tardarían en despertar? ¿Les daría tiempo si quiera a enterarse de lo que acababa de hacer? «La Doctrina» se dijo. «Recuerda la Doctrina. «No probarás la carne de los humanos» aquello tan solo era un formulismo. Dañar a los humanos era romper la primera máxima de la Doctrina, probases o no su carne.

Había avanzado hasta estar a un par de metros de ella cuando ella decidió hablar. ¿Obras de caridad? ¿De verdad le estaba diciendo eso? — La gente como yo da trabajo a la gente como tú, niña. Mis tierras alimentan bocas, pagan sueldos. ¿De dónde crees que sale el dinero?— la ira se había ido. No del todo, pero sí en gran medida. Había estado desapareciendo poco a poco y si bien su voz seguía siendo un gruñido semibestial, en aquel momento Ahren hablaba de forma poco amenazadora. Violenta, pero no amenazadora—. Y lo del trabajo… Tendré que replanteármelo. No pienso soportar a una niña malcriada en mi techo.
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Mensaje por Andra Lupei el Miér Oct 07, 2015 10:31 am

Apretó la mandíbula y guardó silencio porque aquel hombre tenía razón. No, no sabía de que hablaba. Solo sabía que ella no tenía dinero, que su familia se las había visto negras para conseguir comida durante toda la vida, que ella y su hermana se morían de hambre mientras otras personas tenían un techo bajo el que vivir, un plato caliente tres veces al día y dinero para mil caprichos. Lo único que conocía era su realidad y estaba enfadada con los que vivían mejor que ella. Eran celos y envidia. Sí. Todo se reducía a esos sentimientos. Al por qué ella tenía que morirse de hambre mientras ese hombre tenía carne de calidad, cebollas y ajos y más tipos de tés de los que ella probaría en toda su vida. No, no sabía de lo que hablaba, claro que no. Porque no había tenido acceso a una educación y porque lo que sabía eran palabras que su abuelo le había dicho y ella repetía. Porque no hablaba Andra, si no Nicolae a través del cuerpo de su nieta y lo que él le había dicho lo había oído a su vez de su propio abuelo. Esa era toda la educación que había tenido Andra. Se mordió los carrillos cargada de rabia y notó los incisivos rasgarle la piel interior de la boca y de nuevo el sabor metálico de la sangre.

Pues bueno, puede que no sepa de que hablo. No todos tenemos la suerte de tener acceso a una educación —contestó. Porque no, no iba a quedarse callada, aunque no fuera la mujer más culta del mundo. Sus conocimientos eran puramente empíricos y no podían culparla. Pero que sus conocimientos fueran escasos no la convertía en alguien poco inteligente. Aprendía rápido y era curiosa. Nunca se consideraba a si misma idiota, no se consideraba tonta. Tal vez ignorante, sin formar. E impulsiva y bocazas. Tal vez era un poco estúpida porque era incapaz de contener la rabia cuando se refería al tema rico-pobre. Odiaba sentirse inferior, y ahora se sentía inferior frente a aquel hombre y realmente lo era, a ojos de cualquiera.

Cuando él camino hacia ella, por instinto, ella reculó. No pudo dar más de un paso, porque su espalda chocó contra la encimera. Se pegó a ella y frunció el ceño. Podría ser inferior a ese hombre en cuanto a posición social, o podía tener mucho menos dinero que él. Pero… «¡No somos menos que él!» Su naturaleza no lo era. No se sentía menos que él. Era una belleza nacida de la naturaleza. Era hija de la Dama Blanca. Era un lobo. Un lobo joven y ágil. ¿En que momento debía sentirse inferior a cualquiera? Eso la enfadaba de nuevo. Tener que esconder su condición porque un grupo de personas les temían tanto que querían aniquilar a los de su raza. Aquello no tenía nada que ver con el hombre que tenía delante, según creía, pero de todos modos la rabia le crecía en el pecho y quería gritarle. Andra no era agresiva, excepto cuando pensaba en esos temas, porque los sentía intensamente, y cuando la rodeaba la intensidad no era ella. Apretó los puños hasta notar las uñas clavarse en la palma de su mano.

No soy malcriada. Mis padres me criaron muy bien «¡hasta que los asesinaron!» se gritó mentalmente— Mis padres lo hicieron lo mejor que pudieron, así que no se atreva a llamarme malcriada —gruñó— No tiene por qué darme el trabajo, obviamente. Pero si no me lo da no es porque yo sea una niña malcriada, puede buscarse cualquier otra excusa. Que soy impertinente, tal vez, eso no se lo voy a discutir.
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Mensaje por Ahren von Kleist el Miér Oct 07, 2015 10:48 am

Inspiró levemente. Estaban cerca. Muy cerca. Estaban a unos metros el uno del otro. En pie. Listos para atacar. Lo único que le impedía destrozar aquel endeble cuerpo era su credo. Su Doctrina. La imposición de valores que tanto él como sus hermanos habían adoptados. Allí los que mandaban eran ellos. Todos. Los once licántropos. Los diez que dormían bajo ellos. Los diez que, sin duda, estarían esperando a recobrar el sueño de una larguísima noche en vela. Quizás él se había excedido al madrugar tanto. Estaba teniendo serios problemas para controlarse. Ansiaba rasgar la carne de aquella muchacha pobre y malcriada. Porque era una muchacha malcriada. No importaba lo fuerte que lo dijese. Solo había que verla.

Y su actitud solo hizo que le entrase más risa. El Alfa no podía evitar reírse ante aquella chiquilla. No era más que eso, una chiquilla. Ansiaba destrozarla. Pero no era más que una niña en una rabieta. No era más que una niña que trataba de imponerse a una autoridad. Más fuerte, más inteligente, más rico y más poderoso. Sí… No pudo evitar recordar a Mia. Los días que corrían hacía ya años, cuando aquella chiquilla había llegado a su casa. Era triste. Sí, claro que era triste. ¿Cuántos años podían llevarse Mia y la muchacha que tenía delante? No más de cinco, y ya le parecían muchísimos. Como fuese, calcular la edad de un licántropo era complicado y Mia envejecía sorprendentemente despacio. No tenía clara su edad, solo sabía que llevaba unos cuantos años siendo mayor de edad, aunque eso lo sabía más por términos biológicos.

En cierto modo, se parecía más de lo que cualquiera podría esperar. Ambas eran morenas, de ojos claros y piel pálida. Quizás incluso estuviesen emparentadas. ¿Por qué no? Mia había llegado sin saber leer, ni escribir, ni mucho menos pensar. Pero le había demostrado que era muy capaz de hacer todas esas tareas con una habilidad excelente. Ahren soltó una sonora carcajada. Aquella muchacha estaba pecando de lo que, sin lugar a dudas, diría que él hacía. Le estaba juzgando sin saber que, de hecho, él había adoptado a una de su clase y condición sin reparo alguno y la había educado como a su propio hijo. ¿Por qué no? A fin de cuentas, era alguien merecedor de dicha condición.

Discrepo— dijo como único comentario. No. Sus padres no la habían criado bien. No. Sus padres no le habían enseñado que había cosas que estaban bien y cosas que estaban mal, y que en algunas ocasiones vivir no supone algo bueno. Y que, desde luego, según qué condiciones, la vida no era buena. Alimentarse de aquello que robas no es justo, ni para ti ni para el robado. Eso debían habérselo enseñado sus padres, pero obviamente no lo habían hecho—. Hacer lo que puedes no implica hacerlo bien. Y no necesito excusas para contratarte, niña. Te contrato si quiero— pero la compadecía. Sabía lo que implicaba vivir sin saber leer ni escribir. Lo había visto en Mia—. Si te contrato, tendrás que aprender. Tendrás que aprender más de lo que nunca has aprendido. Y no será fácil — seguía usando un tono violento. Incuso sus carcajadas habían sido duras, casi rugidos—.
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Mensaje por Andra Lupei el Dom Oct 11, 2015 12:35 pm

Frunció el ceño con más fuerza, al límite de lo que podía, y apretó fuerte la mandíbula haciendo rechinar los diente y sintiendo un escalofrío por su propia culpa dada la sensibilidad de los dientes. Detestaba que aquel hombre estuviese atacando a sus padres de aquel modo. Sin siquiera conocerles. No tenía derecho a decir que su madre y su padre la habían educado mal. Su madre había hecho cuanto había podido por enseñarla a leer antes de morir, y si no había hecho lo mismo con los números había sido porque la enfermedad se la había llevado antes. Su padre ni siquiera sabía leer, así que no le habían podido exigir más. Consideraba que, en medida de lo posible, sus padres lo habían hecho bien. Nicolae, por otro lado, nunca las había intentado educar, todo lo contrario. Las había acostumbrado a ser libres.

No me da miedo aprender —soltó, y miró fijamente al hombre, tal vez, con los ojos algo más claros que antes, pero algo apenas perceptible— Es más, quiero aprender. Me da igual que no sea fácil. Lo difícil es un reto —añadió determinada, porque era cierto. No había tenido las cosas fáciles desde nunca, que ella recordase, pero eso nunca la había asustado o frenado a la hora de hacer las cosas. Cuando Andra se decidía a hacer algo, por difícil que fuese, lo hacía. Además, seguía pensando en los beneficios de todo aquello. Por complicado que fuese aprender todo lo que el hombre la obligase a saber. Tampoco la violencia en las palabras del hombre la acobardaba, aunque si la ponía en guardia y la forzaba a emplear el mismísimo tono.  No iba a echarse atrás. No lo iba a hacer, por orgullo. Eso era otro rasgo que venía impreso en ella. Era tan orgullosa y rencorosa que ni por su hermana se rebajaba— Pruébeme —retó.  
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