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ienvenidos a Darkness Revival.Estais a punto de adentraros en Londres, año 1890, una época tan peligrosa como atrayente. La alta sociedad se mueve entre bailes oficiales, bodas, cabarets y fumaderos de opio. Las prostitutas y mendigos se ganan como pueden la vida, engañando, robando o estafando. Pero hay algo mucho mas oscuro en las calles de la ciudad del Támesis, más oscuro aún que el terrible Jack. Seres sobrenaturales como brujas, vampiros, metamorfos y malditos se esconden entre los miembros de la sociedad, temerosos de la sangrienta hermandad que les persigue: la Black Dagger Brotherhood. ¿Sobrevivirás? .


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Una cita que no es una cita... ¿O si? (Henry Jekyll)

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Una cita que no es una cita... ¿O si? (Henry Jekyll)

Mensaje por Inspector Abberline el Dom Ago 10, 2014 8:42 pm



Quiero que todo sea perfecto, Emma...- ordené mientras paseaba nerviosa por la cocina. La mujer asintió con la cabeza, sin mediar palabra, lo cual reconozco que me puso bastante nerviosa. Sabía de sobras lo buena cocinera que era, y que siempre se esmeraba en todo lo que hacía... pero aún así, los nervios no se iban.
Hacía ya varias semanas que habíamos concertado aquella cita, aunque no se podía catalogar de cita, pero a otros ojos, lo era, probablemente. Y eso me ponía nerviosa. Aunque en realidad, solo era una comida. Una sencilla comida entre dos buenos amigos, pues es lo que era, un gran amigo, quizá, aparte del Profesor Moriarty, el único que tenía y que merecía buenamente ese título.

Un hombre de buena posición, educado, con unos modales exquisitos. Desde hacía años había estado apoyándome, ya que había comenzado siendo mi médico, aquel quien me dio la terrible noticia de que jamás podría traer al mundo un hijo. Pero, a diferencia de otros médicos, la relación no se estancó en ese lugar. No eramos solo médico-paciente. Una amistad que se fue forjando con los años. Fue el que más me apoyó cuando necesitaba alguien a mi lado tras aquella mala noticia. Aquel que era mi marido, quien debía haber estado cerca de mi, se alejó por completo y se acabó por entregar a los placeres de las cortesanas. Y mientras él fornicaba como un sucio traidor sobre la mesa de mi comedor, yo me apoyaba en el hombro del Doctor.  ¿Si llegué a sentir algo más por aquel hombre? Sin duda. Pero siempre lo callé, pues era una mujer casa y me debía al matrimonio de mi marido. Sentimientos ocultos que acabé por ahogar y reprimir... como todos.

Sin embargo, él fue la única persona que me visitó tras mi ingreso en el psiquiatra. Por desgracia, apenas recuerdo aquellos encuentros. Aquella ira me poseía constantemente, día y noche haciendo que mi cuerpo ardiese y se retorciese de dolor. Mi mente desconectaba para no sufrir aquellos constantes ataques y la mitad de las veces no recordaba absolutamente nada de lo sucedido. Pero si recuerdo, y con especia cariño, el día que salí finalmente de allí. El Doctor Jekyll fue a buscarme, me acompañó a casa y me ayudó a recostarme. Algo que no habría podido hacer yo sola de las pocas fuerzas que tenía.

El reloj del comedor resonó con fuerza, indicando que eran las 12:00 de la mañana, o en ese momento, del mediodía. Sin saber porqué miré la puerta, aunque todavía faltaba media hora para que él Doctor llegara. A prisa, subí las escaleras hasta mi dormitorio y abrí el enorme armario, donde los vestidos estaban púlcramente guardados. Casi todos, en su mayoría, eran de tonos oscuros, negros, grises y marrones. Los colores que desde que mi marido murió, siempre portaba. Pero no como símbolo de luto como toda la gente creía. Sino porque era como mi alma se había vuelto tras la posesión, tras el tiempo encerrada en el psiquiátrico, tras la tortura física y mental que allí sufrí... Todo lo bueno y colorido de mi vida había desaparecido. Pero aquel día escogí un vestido que hacía años que no usaba. Rojo. Rojo sangre. Rojo ira. Rojo fuego. Rojo pasión... Sentimientos que se entremezclaban en mi interior.

Me aligeré en cambiarme, ayudada por Emma que subió en cuanto la llamé para que apretase las lazadas del corsé y me acicalé frente al espejo, añadiendo a la imagen unos pequeños pendientes de perlas, a juego con un collar que se enroscaba al cuello. Acabé de arreglarme cuando el timbre sonó y me apresuré a bajar las escaleras en el momento en que Emma abría la puerta.

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Re: Una cita que no es una cita... ¿O si? (Henry Jekyll)

Mensaje por Henry Jekyll el Lun Ago 11, 2014 3:54 pm

Conforme había avanzado el calendario y se acercaba la fecha de aquel encuentro cada vez estaba más nervioso e impaciente. Lizzie siempre había sido, y era, muy especial para mí; tanto cuando era aquella chiquilla dulce y cándida, recién casada y descubierta a la ferocidad del mundo, que conocí en una de tantas aburridas cenas de sociedad y que parecía iluminar el salón con su sonrisa; como cuando el mundo decidió echarse sobre sus espaldas y hundirla bajo su peso.

Nuestra amistad se había basado en una sucesión de terribles momentos que habíamos compartido juntos y, si hacía balance, la había visto más veces llorar que reír. A veces pensaba que para ella siempre había sido el cuervo negro que atraía las desgracias.  Siempre parecía la mujer más triste de Londres hasta que, llegado un momento, Lizzie no volvió a llorar nunca más. Pero tampoco volvió a reír. No pude abandonarla cuando se marchitó como la flor que crece a contracorriente entre los adoquines. ¿Cómo iba a hacerlo? Yo sabía mejor que nadie el modo en que la falsedad de este mundo puede destrozar a una persona.

Ahora era una mujer llena de ira y de resentimiento. Lo sabía porque el señor Hyde, mi otro yo, podía olerlo. Podía sentir su rabia consumiendo su corazón por dentro. Tal vez por eso nuestra relación, nuestra amistad, era tan plena, porque las dos mitades de mi alma la querían y la admiraban a partes iguales. Mientras Hyde sentía una curiosidad malsana por la Lizzie torturada y vengativa que era ahora, Jekyll conservaba la esperanza de encontrar bajo su piel la mujer cándida y dulce que había conocido. En cierto modo, sentía que le había fallado, y no había acto de constricción suficiente para expiar ese sentimiento de culpa de mia alma.

… ¿por qué no me dejas que vaya yo a la cita? ...

Me dijo la imagen que el espejo me devolvía distorsionada. Era la imagen del Otro, no la mía. Decidí hacerle caso omiso mientras me colocaba correctamente la corbata de seda alrededor del cuello. Aquella misma mañana había acudido al barbero para que me arreglase la barba. Un barbero bastante prestigioso sito en un modesto local de la calle Fleet. Quería que mi aspecto fuera impecable para aquella comida.

… ¿Para qué? ¿Acaso crees que va a mirarte? No eres más que un hombro donde llorar… Lo único que esa mujer siente por ti es compasión y lástima. Te utiliza. ¿Acaso no lo ves? Eres un cobarde que apenas logra hablar con ella sin titubear. Es demasiada mujer para ti…

– ¡Cállate! Es mi amiga y me necesita. Y hoy no vas a arruinarme el día.

… Te necesita. Esa es la clave. ¿Cuánto tiempo lleváis sin veros? Esa mujer sólo se acuerda de ti cuando necesita algo. Sólo eres un pelele. Una marioneta con la que juega entre sus manos… Déjame salir y yo le enseñaría respeto...

– ¡Cállate! ¡¡DÉJAME EN PAZ!!

… ¡¡A MÍ ME MIRARÍA, ESTÚPIDO!! …

***

Finalmente, tal y como estaba concertado, fue el doctor Jekyll quien acudió a la cita. Estaba exultante, alegre como un chiquillo, en parte por la alegría de volver a ver a Lizzie, en parte por la victoria sobre el señor Hyde, al que sentía latente, pero silencioso, anidando en mi pecho. Aún así, había tenido que hacer uso del láudano para acallar sus voces y detener los dolores que me acosaban cada vez que él se enfurecía.

La sirvienta abrió la puerta pero mis ojos bicolores la obviaron, atraídos por la presencia más magnética de aquella habitación. Aunque los años del psiquiátrico habían malogrado la figura que poseía antaño, a pesar de la palidez de su piel, del cabello corto, a pesar del suave brillo de demencia en sus ojos, a pesar de todo, era Lizzie y era la mujer más hermosa para mí. Y estaba fantástica, radiante con aquel vestido. Me alegraba verla vestir de forma más alegre que en nuestros últimos encuentros.

– Lizzie… Estás... radiante…

Dije con más torpeza y vacilación de la que hubiera deseado. ¿Por qué siempre tenían que temblarme las piernas de ese modo cuando estaba cerca de una mujer? ¿Por qué esa sensación de inseguridad y nerviosismo? Me odiaba a mí mismo en aquellos momentos y admiraba la facilidad de Hyde para captar la atención de las féminas, y esa lengua afilada con las que les hablaba. Pero sabía que debía apartar aquellos pensamientos de mi mente si no quería fortalecerle .Limpié con un pañuelo de seda el cristal redondo de mis lentes en gesto nervioso.

– Ha pasado mucho tiempo… Me agradó recibir tu invitación…

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Re: Una cita que no es una cita... ¿O si? (Henry Jekyll)

Mensaje por Inspector Abberline el Lun Ago 11, 2014 9:35 pm

Acabé de bajar el resto de los escalones que me separaban del hall, agarrándome los pesados faldones del vestido para no tropezar, mientras mis ojos eran incapaces de apartarse de la figura del hombre que se mantenía en el umbral de la puerta. Parecía como si tuviera miedo de entrar, como si dudase. Asomó a mis labios una sonrisa sincera. Hacía mucho tiempo que no le dedicaba una de esas sonrisas a nadie. Quizá porque nadie las ganaba. Pocas personas me habían demostrado que merecían de verdad mi amistad y las pocas sonrisas que mostraba. Pero Henry Jekyll se las había ganado a pulso, y las merecía con creces. Y luego estaba el tema sentimental. ¿Aquellos sentimientos que habían nacido hace ya unos años seguían allí, en el fondo? ¿O habían muerto, como el resto de sentimientos de mi interior? ¿Cómo saberlo a cienca cierta?

-¿Porqué a mi, Henry? ¿Porqué yo...? -sollozé levemente, refugiada en su pecho con la respiración agitada. El dolor, la pena y la culpa bullían en mi interior, se volcaban como el líquido caliente de una taza derramada, desbordando por los límites de mi persona... Podía sentir sus brazos envolver mi cuerpo en un abrazo protector, similar al que un hermano mayor otorgaría a su hermana para consolarla. No era musculoso, pero notaba que era fuerte y eso me reconfortaba, levantaba mis ánimos, aunque  mínimamente. Podía notar el calor que desprendía su cuerpo a través de la ropa y el aroma varonil que desprendía era embriagador, tentador.. Siempre me gustó ese aroma.

Levanté la mirada, contemplando su perfil, la barba incipiente de un par o tres de días sin rasurar, los pómulos afilados, los ojos... Esos ojos que me miraban con un agradable sentimiento.. Me reconfortaban. Hacían que cada vez que me reunía con él, marchase algo más animada.. y eso me incitaba a reunirme más asíduamente con él.


Me acerqué finalmente a él mientras le dedicaba a Emma una mirada que significaba que podía retirarse y quedé plantada ante la alta y delgaducha figura del señor Jekyll.
-Me gustaría poder aceptar ese cumplido, querido, pero me temo que los años empiezan a hacer sus estragos en mí... Mas tu no has cambiado un ápice, amigo mío.. Sigues dudando, como siempre..- hablé con claridad, con esa sonrisa pintada por primera vez con sinceridad en mi rostro. No supe porqué lo hice, si fue algo que deseaba de verdad desde lo más profundo de mi ser o fue por un capricho que se me antojo en ese momento, pero me acerqué y alzándome de puntillas, apoyando una mano en su hombro para no desestabilizarme, deposité un suave beso, de una duración más larga de lo debido, en uno de sus hundidos y marcados pómulos. El contacto con aquella piel suave hizo que algo se removiera en mi interior. Nervioso, contento, necesitado quizás.

Volví a separarme, echándome hacia atrás e interponiendo entre nosotros el espacio correcto estipulado entre dos amigos. -¿De verdad voy a tener que invitarte a pasar, Henry? ¿O prefieres que sirvamos la comida en la calle? -bromeé ligeramente mientas cerraba la puerta a sus espaldas una vez había entrado en el rellano. -Mucho tiempo, querido. Demasiado... Me hubiera gustado poder invitarle antes pero me temo que las chicas a las que instruyo precisaban de mi trabajo. Todas empiezan a estar ya en edad casadera.. Eso significa fiestas, compromisos.. ya sabes - caminé hasta el comedor mientras hablaba, el cual había sido amueblado de nuevo tras la muerte de John y le ofrecí sentarse en uno de los  mullidos sofás de color crema que adornaban la estancia. -Pero cuéntame.. ¿Qué ha sido de su vida en estos últimos meses?- tenía mucha curiosidad por la vida que había seguido llevando mi querido buen amigo. Mis ojos se perdieron en el contorno de su rostro, delgaducho, en sus mejillas hundidas y en esos extraños ojos, tan diferentes el uno del otro que parecían pertenecientes a dos personas distintas. Ciertamente, no sabía cuánto lo había añorado hasta que lo ví. No iba a alejarme tanto esta vez de una persona tan importante para mí. Era más que un amigo. Más que un hermano. Más que lo que fue mi marido.. Le quería. Verdaderamente le quería...  Pero ¿Cuánto?
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Re: Una cita que no es una cita... ¿O si? (Henry Jekyll)

Mensaje por Henry Jekyll el Jue Ago 21, 2014 6:40 am

Mis ojos dispares siguieron todo su recorrido desde la escalera hasta llegar junto a mí. Me había quedado paralizado en la puerta sin siquiera darme cuenta. Aquella sonrisa que curvó los labios de mi amiga, mi compañera, mi amada, le iluminó el rostro y rejuveneció sus facciones y, por un momento, reconocí en ella de nuevo a aquella muchacha que buscaba consuelo en mis brazos. ¡Habíamos cambiado tanto! Yo también. Los años pesaban en mis hombros cada día un poco más.

“Sigues dudando, como siempre.”

El Otro reía dentro de mí de forma cruel. Sí, es cierto. La duda me había acompañado siempre, al menos desde que alcanzaban mis recuerdos. Siempre he dudado entre lo que está bien y lo que está mal, lo correcto y lo correcto, lo que debía hacer y lo que deseaba hacer. Si la simiente de la duda no hubiera arraigado con tanta fuerza en mi pecho jamás hubiera existido el Otro.

– Lo siento, querida.

Suspiré y di unos pasos hacia adelante, entrando en la casa y mirando a mi alrededor. Todo me resultaba familiar y extraño a la vez. Algunas cosas habían cambiado pero, en esencia, seguía siendo el mismo lugar que tantas confesiones de ambos había escuchado. Si aquellas paredes hablaran nos echarían en cara a gritos nuestra estupidez. Testigos de un amor cohibido que ambos dejamos morir antes de tener el valor de confesarlo.

¿Aún podríamos recuperar el tiempo perdido?

Su beso fue suficiente para hacerme perder el hilo de mis pensamientos. Cálido, familiar, eléctrico. La descarga que acompañó a sus labios sobre mi mejilla recorrió mi espinazo haciéndome estremecer. Lizzie… Ella siempre me había transmitido aquella serena calma que sosegaba mi espíritu. Cuando la prioridad era ella, el Otro y yo cesábamos nuestra constante lucha. Sólo con ella me podía sentir en paz.

– Seguro que has realizado una labor admirable con esas damitas. No hay por qué disculparse.

Dejé el sombrero en la percha y me llevé los dedos suavemente a la mejilla, donde ella me había besado, para seguirla hasta el comedor. Me senté en el sofá con la espalda recta, sin llegar a apoyarme en el respaldo. Siempre en tensión, siempre expectante. Lo hacía de manera inconsciente. Hacía tiempo que no sabía qué era relajarse.

– Mi vida ha cambiado poco, querida. El hospital funciona de maravilla. Algunos estudiantes de la universidad colaboran conmigo, así practican sus conocimientos. Hemos recibido algunas donaciones importantes, así que pronto podré abrir alas nuevas… Algún día, si quieres claro. O si puedes, no me gustaría distraerte de tus obligaciones. Bueno… Algún día podrías venir conmigo a visitarlo. Sé… Sé que te gustan los niños… Y a ellos suele gustarle recibir visitas.
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Re: Una cita que no es una cita... ¿O si? (Henry Jekyll)

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